Competencia

Competencia

Febrero de 2009. Acababa de separarme. Me quedé sola, en una casa enorme, en un barrio de calles solitarias y oscuras. Bah, sola no. Con Cobain, mi ovejero alemán, mi protector, un perro salvaje de ladridos violentos que gustaba del pan casero. Por las noches, él se quedaba afuera, en la galería, vigilando mi sueño.

Un día apareció un habitante más en la casa: un horrendo pericote (ratón grandote, para los menos avezados). Lo descubrí una noche cuando me iba a dormir, subiendo la escalera, detrás de mí. Me morí de espanto! Usando una estrategia que ni Tom Hanks en “Rescatando al soldado Ryan”, saqué un cuadro grande que había en la pared y lo puse al final de la escalera, impidiéndole el acceso al pasillo que daba a los dormitorios. El tipito intentaba voltear el cuadro con cabezazos – yo escuchaba los golpes, sin animarme a mirar, desde mi dormitorio, tapada entera, como si el cubrecama fuera a parar las dentelladas del roedor- pero no podía. Yo lo había trabado, en un acto de brillantez absoluta, con dos filas de libros gruesos, entre los que estaba, me acuerdo, The Oxford Companion to English Literature, lo único valioso que gané en mi vida –en un sorteo, al final de un congreso de profesores de inglés-, y que al fin descubría su razón de ser en su devenir por este mundo cruel.

La segunda noche, subo a mi cuarto… y el ratón sube detrás de mí. Coloco el cuadro a toda velocidad, corro hasta mi pieza, cierro la puerta violentamente y me envuelvo en el cubrecama. Escucho con atención… esta vez no había ningún ruido. Me levanto a ver qué pasaba que el tipo estaba en silencio. Lo miro desde el pasillo. Estaba parado en un escalón, apuntándome fijo con sus ojos enormes, enojado y ofendido por mi inaccesibilidad y falta de compañerismo. Aterrada, me enfundo otra vez en mi manta, esperando el efecto del Clonazepam o algún idiotizante similar.

Cuatro o cinco noches, el mismo rito pavoroso. Después, creo que el pericote se cansó. O yo. Los dos, seguro.
Un día me fui de esa casa ya fantasmal. Nunca supe qué fue del pericote. Durante un tiempo, me quedó una especie de nostalgia mezclada con terror. Ahora, hasta creo que el incidente estuvo bueno. El tipito me sacó un poco de mi angustia y desolación, y nos divertimos un poco, jugando a ver quién ganaba. Ganamos los dos. Empate.

 


Patricia Salazar
Cantante, profesora de inglés, narradora amateur.