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El Pelado Reguera

El Pelado Reguera

Lo vi luego de una ausencia de más de diez años. Era yo el que me había ido. Me sorprendió su calvicie prematura, todos en el barrio le decíamos “pelao” desde que éramos niños, pero sin imaginarnos que a los treinta estuviera pelado en serio.

También observé que la pequeña diferencia de longitud entre sus piernas, no se notaba. Una plantilla de prótesis, pensé.

Imagínense, tener esa diferencia anatómica y apellidarse Reguera. Por supuesto, para nosotros siempre fue “el pelao renguera”.

Estaba ahí, parado, sonriente, con las manos en los bolsillos, seguramente para no mostrar las ganas que tenía de abrazarme, y que no fuera correspondido. Yo no pude hacer el primer gesto que hubiera solucionado todo.

¿Qué haces Tito? Dijo. Y hacía tanto tiempo que nadie me llamaba así, que no pude menos que asombrarme. Desde que estaba jugando en Europa, todos me llamaban por mi nombre y apellido. La tele, las radios, los diarios, las revistas, todos.

¿Así que no tienen donde entrenar por el recital que hubo en el estadio? Hablaba preguntando, el pelao. Como cuando nos convenció que debíamos tener una cancha propia, para que pudiéramos jugar todos los días que quisiéramos. ¿Qué, no quieren ser buenos? ¿No quieren ir a jugar a Europa? Nos interrogaba, casi a los gritos. Y esa modesta canchita fue el origen del bonito club que nos cedían para que entrenáramos. Si, cedían. No quisieron cobrar ni un peso de alquiler. ¿Cómo le vamos a cobrar, si en ese equipo están el Mocho y el Tito? ¿Y si algún otro es convocado? ¿Ah? Me lo imagino convenciendo al resto de la directiva del club. “Sportivo”, así lo bautizó.

Pero Pelao, tiene que ser Sportivo “algo”. ¿Y para qué? ¿Para qué nos comiencen a relacionar con lo que se les ocurra, a los periodistas? ¿No es mejor ser independientes de todo?

Pero no pudo evitar que los del otro barrio nos bautizaran “sportivo seis días”, porque decían que nunca jugaríamos los domingos.

Creo que el pelao renguera había quedado con la sangre en el ojo, y por eso reaccionó como una fiera el día que, jugando contra ellos, un defensor me propinara una tremenda patada, luego que le tirara “un caño”.

¿Al Tito, le pegás, animal? Le gritaba amenazadoramente, con sus rodillas apoyadas sobre los hombros de ese muchacho aterrado. ¿Al Tito? ¿Que no vés que él es nuestro crack? ¿Y si lo lesionas? ¿Ah?

Porque el pelao renguera era así, pasional, laburador como nadie. De un baldío hizo una canchita, de la canchita un club. ¡Un rengo, fundador de un club de fútbol! De no creer…

Un club en el que solo había niños, porque el Pelao, nos buscaba casa por casa, nos tenía “entrenando” hasta que estábamos lo suficientemente cansados como para aceptar invitaciones de un “faso” o una “birra” en la esquina. ¿No se dieron cuenta que por ahí se empieza? Nos decía. ¿Y quién pierde?

Y solo había niños y adolescentes en el Sportivo, porque el Pelao, un par de veces al año, aparecía en la canchita con dirigentes de clubes importantes. ¿Qué le dije? ¿Vio cómo juegan estos pibes?

Esas preguntas fueron las que nos llevaron a Europa a mí y al Mocho, y a tantos pibes los llevaron a clubes más o importantes en el país.

También tenía preguntas para los que eran menos diestros. ¿Y si te ponés a estudiar enfermería? ¿Viste que la salita del barrio necesita enfermeros? O ¿Y si empezás a ayudarle en la gomería a tu viejo?

Era como que quería ayudarnos a vivir. A vivir mejor.

¿Te acordás que siempre te decía que vos eras nuestro crack? ¿Y te dije o no te dije que terminarías en Europa? Me interrogó.

Si, le dije. Si me acuerdo.

¿Te conté que tengo un changuito de siete años? ¿Adiviná quién es su ídolo? ¿Ya te imaginas, no? Y como si fuera un acto de magia, mostró dos boletos para el partido que se jugaría al otro día. ¿Sabés a quién lo llevo a ver? ¿Ah? ¿Quién es el crack? Y su risa y su mirada me llenaron de un afecto que yo no soy capaz de dar.

Al otro día se jugó el partido, para mejor hice un par de goles. El pelao estaba como loco. Ante cada jugada que hacía, sus gritos sobresalían de entre los de la platea, mientras abrazaba a su pequeño hijo. ¿Te dije o no te dije? ¿Es o no es un crack?

Me hubiera gustado que se callara. Que todos se callaran. Que el referí detuviera el partido y entonces me arrimaría y por primera vez me animaría a contestarle: no Pelao, yo no soy el crack. Solo soy un pelotudo con habilidad para jugar a la pelota. Y, mirando a su hijo, le diría: él… él es el crack.

 

Italo Barrionuevo

Dos, en junio, es frio. Aún en 2017

 


  • Obra: Maximiliano ROMERO ALMENAR, Santos profanos (Guty, Soledad, Conty, Harry, Huevo, Carlitos, Modro, Alejandra y Nano en actitud “maradoniana”); acrílico y pastel s/tela. Políptico, 0,55 x 0,50 m c/uno. 2012. Colección de la Casa de Gobierno de Tucumán. Contacto: maxialmenar@gmail.com