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Neoliberalismo, ignorancia y conservación de la naturaleza

Neoliberalismo, ignorancia y conservación de la naturaleza

El neoliberalismo es mucho más que la propuesta política que han votado lxs argentinxs en 2015. Es un orden colonizador de sujetos y representaciones de la realidad, pero por sobre todo lo es de recursos, economías, territorios y ambientes. Así, las políticas de “no conservación” o extractivistas no sólo afectan nuestra vida cotidiana, sino que hipotecan la reproducción de las especies entre las que se encuentra la propia humanidad. Desde la mirada de un biólogo experto en ranas y sapos, algo que podría parecernos meramente simpático, este ensayo nos ofrece una perspectiva política de la conservación, para invitarnos a mirar más allá de nuestras narices.

  

Neoliberalismo, ignorancia y conservación de la naturaleza

Por Esteban O. Lavilla

 

Soy herpetólogo, esto es, un biólogo que se ocupa de estudiar anfibios y reptiles, y hoy mi mayor preocupación profesional (compartida con otros muchos) es saber que las ranas y los sapos se están extinguiendo en todo el mundo con una velocidad sin precedentes. Han pasado casi 30 años desde que detectáramos el problema, y a pesar de todas las acciones que emprendimos, no solamente no logramos revertirlo, sino que no fuimos capaces de atemperar el deterioro. Entonces, ¿qué hicimos o hacemos mal? Sin duda muchas fueron las acciones desacertadas, pero pienso que el principal fallo estuvo en no darnos cuenta a tiempo de que los trabajos relacionados con la conservación de los recursos naturales en general, y de ranas y sapos en particular, hace mucho que dejaron de ser responsabilidad de la academia y de las entidades de conservación para pasar a depender de las políticas que los gobiernos tengan reservadas al ambiente. Hace años debimos dejar de lado el cómodo analfabetismo político, porque en este tiempo, más que nunca, la conservación de la naturaleza es política. Y hoy la orientación política dominante es neoliberal.

Desde el título del ensayo, comencemos con estas reflexiones. Cuando hable de neoliberalismo, hablaré de “ellos”; cuando diga conservación, hablaré de “nosotros” y cuando señale la ignorancia, me referiré a ambos. Sabemos ya que el neoliberalismo no sólo es una corriente político-económica, sino que es una ideología que involucra a todos los aspectos de la vida de una sociedad organizada.

Luego de una década de gobiernos populistas, cuyo fuerte no ha sido precisamente la conservación de los recursos naturales, hemos retornado a un modelo que, creíamos, había mostrado su estrepitoso fracaso a comienzos del milenio. Cuando escribo esto, en agosto de 2017, el neoliberalismo ha sido elegido por el voto democrático en Argentina, Colombia, Paraguay y Perú; se instaló mediante un golpe mediático-económico en Brasil; como oposición paraliza a Venezuela y, aunque se autodenominen de centro-izquierda, maneja las economías de Chile y Uruguay. Así, los conservacionistas debemos ser conscientes de que este cambio de orientación, más que meramente económico, intenta ser cultural y conlleva muchas acciones que socaban las políticas ambientales que consideramos imprescindibles. Veamos:

En un proyecto neoliberal el poder se impone no sólo mediante la represión, sino normatizando[1] la subjetividad de las mayorías demográficas. De ese modo va construyendo formatos de pensamiento disciplinados, que se convierten en hábitos culturales. Esa percepción de la realidad “normatizada” instala categorías y criterios generados por las corporaciones macroeconómicas, con la pretensión de que creamos que no existe otra manera de hacer lo que se nos impone (lo que generalmente implica la pérdida de derechos ya conquistados).

En este punto conviene recordar que los gobiernos neoliberales aplican el decálogo del mal recordado Consenso de Washington, compilado por John Williamson a fines de los ’80 el cual, en alguno de sus puntos sobresalientes propone modelos recesivos por medio de la re-dirección del gasto público, reformas tributarias diversas, liberalización del comercio, de las barreras a la inversión extranjera, flotación de los tipos de cambio y de tasas de interés y, finalmente, el desguace del Estado mediante la privatización de todas las empresas públicas[2]. Estas ideas que, según afirman los neoliberales, buscan crear un Estado pequeño en aras de un país grande, necesariamente tienen como una sus primeras consecuencias la reducción del presupuesto educativo, el de ciencia y el de cultura. Así, cualquier ojeada a los diarios, aún de los más oficialistas, constatará la notable desinversión y el vaciamiento de los organismos de ciencia y técnica, sumándose la asfixia a la que se somete la educación pública, gratuita y obligatoria.

Ahora bien, este ahogo no solamente se verifica en el plano económico, que es el más visible, sino en modificaciones a veces no tan sutiles, de los programas educativos. En Argentina tenemos el ejemplo patente de la campaña que busca desprestigiar el desarrollo del pensamiento crítico, porque, como dije, un Estado neoliberal debe “normatizar”. En efecto, se afirma que nuestra escuela pública muestra rendimientos bajos en las evaluaciones internacionales tipo PISA, las siglas en inglés del Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos, generadas por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), iniciativa cuya misión es “promover políticas que mejoren el bienestar económico y social de las personas alrededor del mundo”[3], esto, paradójicamente esconde otro modo de normatizar ya que, en realidad, se trata de un centro de domesticación para obtener graduados capaces de resolver “problemas” que otros establecen como problemas, obstaculizando así el pensamiento autónomo, discordante y creativo. En otras palabras, más allá del empobrecimiento económico e intelectual de la población, en el contexto neoliberal, algunas responsabilidades irrenunciables del Estado son derivadas al sector privado cuando generan beneficios económicos. Pero si no los produce, se las elimina.

Magui NAZAR, Cauzay, Plantación de maíz podada según un diseño basado en iconografía precolombina. El Cadillal (Tucumán). 2000

Se preguntarán qué tiene que ver todo esto con la conservación de la naturaleza… Pues bien, desde el punto de vista del neoliberalismo económico la conservación es un pésimo negocio, porque existe un profundo desbalance entre la inversión realizada, o que debería realizarse; y los resultados obtenidos, o que deberían esperarse. En efecto, para la doctrina neoliberal las áreas naturales protegidas son una constante fuente de lucro cesante, que es la ganancia que se deja de percibir dado el estatus de protección estricta de una superficie de terreno. Pensemos pues, ¿cuánto cuesta la madera del Parque Nacional Iguazú en Argentina, el petróleo del Parque Nacional Yasuní en Ecuador o el cobre del Parque Llullaillaco en Chile? Sólo se necesita una campaña sostenida de los medios de comunicación cómplices para lograr las leyes necesarias que les quitarán su condición de área protegida pues, si pueden voltear presidentes democráticamente elegidos, ¿qué no podrían hacer con una reserva natural? Como triste ejemplo, el 25 de agosto de 2017 los diarios publicaron la noticia de que el presidente impuesto de Brasil había quitado el estatus de área protegida a una superficie de la Amazonía equivalente a la de Suiza con el fin de entregarla a la explotación minera. [4]

Así, los conservacionistas debemos deconstruir, esto es, reconsiderar lo que hemos venido haciendo con nuestras acciones y debemos abandonar nuestra ingenuidad académica, porque cada vez será más difícil cerrar la grieta entre conservación y desarrollo económico. Debemos darnos cuenta de que si no hemos logrado los resultados esperados no ha sido por falta de desarrollo teórico-prácticos sino porque no tenemos ninguna capacidad fáctica para aplicar y hacer cumplir esas soluciones, y entonces, debemos luchar para que quienes se ocupan en legislar y aplicar las leyes cumplan con su trabajo, tomen a la conservación de los recursos naturales como política de Estado y esto no se modifique con cada cambio de ministro.

Creo que el divorcio entre los que proponen las soluciones y los que deben ejecutar las acciones respectivas se debe a unos cuantos factores que pueden sintetizarse en los siguientes puntos:

  • Entre los conservacionistas suelen existir puntos de vista científicos y filosóficos coincidentes pues utilizamos el mismo lenguaje y estamos convencidos de que el problema que analizamos tiene prioridad sobre todo lo demás.
  • Por deformación profesional o por simple ignorancia, frecuentemente los científicos aislamos los problemas de la conservación de la naturaleza del complejo contexto social, cultural, político y económico en el que se hallan inmersos y del que son sólo una parte.
  • Generalmente no nos ponemos en lugar de “ellos”, los políticos y los economistas, que deberían ser nuestros interlocutores ignorando sus razones y empleando códigos de comunicación diferentes en un lenguaje que se torna mutuamente incomprensible.
  • Por último, partimos de nociones temporales diferentes: mientras los biólogos hablamos a escalas generacionales o multigeneracionales, el análisis de los economistas suele agotarse en la planilla Excel, el de los políticos en el recuento de votos a su favor y el de la gente de a pie, entre la que deberíamos encontrar aliados, en la lucha por la supervivencia cotidiana e inmediata.

En efecto, ¿qué ve un biólogo cuando se enfrenta a una especie en peligro de extinción? De inmediato surge un torbellino de respuestas, que van desde modificaciones irreversibles de hábitat hasta enfermedades emergentes, pasando por otros cientos de factores. Por otra parte, ¿qué ven los funcionarios del neoliberalismo encargados de legislar y reglamentar leyes cuando se enfrentan ante el mismo fenómeno? Nada. No ven nada, a menos que el problema se vincule con algún tipo de rentabilidad concreta.

Florencia SADIR, ST, Detalle de Instalación. Adobe húmedo, flores de corte y estructura de hierro. Medidas variables. 2016

Una de las pocas cosas rescatables de la fraternidad del Cardenal Newman que desde diciembre de 2015 gobierna la Argentina fue elevar a la hasta entonces Secretaría de Ambiente al rango de Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación. Pero si algo podía salir mal, salió mal y nombraron a Sergio Bergman como Ministro de la cartera. Un farmacéutico con posgrado en cuestiones rabínicas antes que científicas, y que asumiera su total ignorancia sobre la especificidad disciplinar en los asuntos del cargo para el que fuera designado. En efecto, Bergman asevera que “la cuestión ambiental es cosa de sentido común”[5]; el sentido común de alguien que propone rezar para evitar incendios forestales, a los que considera resultado de castigos apocalípticos; de un ministro que, disfrazado de planta ornamental a la entrada de un cine, banaliza las acciones responsables, complejas e inmediatas que deberían tomarse a favor del ambiente.

En efecto, pese al jiji-jaja de Bergman, la conservación de la diversidad biológica en países emergentes como el nuestro es una cuestión tremendamente seria y doblemente difícil dado que, a más de los problemas intrínsecos que conlleva, debemos luchar contra numerosos factores extra biológicos. Argentina sobrevive como exportadora de materias primas con poco o ningún valor agregado, y la generación de estos recursos impacta negativamente sobre la naturaleza debida al cambio de la siembra multidiversa por el monocultivo, el envenenamiento de tierras y aguas por el uso de agroquímicos, el aumento de la erosión y la desertificación etc. Así, queda claro que la conservación biológica dejó de ser un problema del que debieran ocuparse los solamente los biólogos para ser uno del que debería ocuparse toda la sociedad y que el escollo está dado por una combinación de factores que tiene que ver con lo político, lo económico y la ignorancia, cuando no la franca estupidez.

Por ello, los conservacionistas debemos darnos cuenta de que la salida de las grandes potencias del Tratado de París[6] nos arroja a una realidad-otra en la que el paradigma ha cambiado. Así, debemos deconstruir las viejas certezas evitando la auto-complacencia académica, aquella que nos induce a sentarnos en la mesa de póker con mentalidad de ajedrecistas.

 

[1] Michel FOUCAULT. Le panoptisme et le redressement des morales en Foucault, M. 1975. Surveiller et Punir: Naissance de la prison. Paris. Gallimard. 325 pp.

[2] https://piie.com/commentary/speeches-papers/what-washington-means-policy-reform (consultado el 03/08/2017).

[3] http://www.oecd.org/pisa/pisaenespaol.htm (consultado el 03/08/2017).

[4] https://www.pagina12.com.ar/58726-avance-del-proyecto-extractivo-de-temer y https://www.clarin.com/mundo/brasil-abre-enorme-reserva-amazonica-grande-toda-dinamarca-mineria-privada_0_S1uQ8U2OW.html)

[5] http://www.comambiental.com.ar/2015/12/gabinete-pro-el-extractivista-que.html

[6] https://ec.europa.eu/clima/policies/international/negotiations/paris_es


Esteban O. Lavilla
Doctor Herpetólogo, Director del Instituto de Herpetología de la UEL – Fundación Miguel Lillo – CONICET. Director para Argentina del Grupo de Especialistas de Anfibios de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN-SSC).

imagen de tapa: Solana CAJAL, S/T, Instalación de pared, Obra en proceso. 2016.