QUENTA BRITO

QUENTA BRITO

QUENTA BRITO

Por Santiago Garmendia

 

D. Gerrolt: como filológo y profesor de lenguas

 ¿siente usted algún tipo de culpa por haber consagrado su vida a un idioma imaginario?

J.R.R Tolkien: No, ningún complejo ni culpa.

 De hecho creo que hice una gran contribución al lenguaje.

 

1

Soy un solitario bicho de ciudad. A mucha honra he logrado soportar miles de aburridas horas de departamento. Lo contrario a mis primos hermanos por parte de madre, los Brito.

Los Brito llegaron a ser cinco en su momento. Mi edad era la del tercero, con lo cual calzaba en el promedio de la manga. Su padre, Mariano Brito, llamado “Resbalón”, se había negado siempre a moverse de su casa en una finca de caña de azúcar al sur de Tucumán, arrastrando a la vida rural a la única hermana de mi mamá.

Siempre fue pobre y logró muchísimas cosas en su vida, con enorme esfuerzo. Estaba seguro de que el viento de cola de su progreso consistía en aferrarse a las costumbres de sus ancestros. Decía haber ido al cine a ver “una cinta de coboi”, que lo habían “cupilao” en el casino y se hacía “tusar” en la peluquería. En realidad este último verbo era apropiado, porque en el caso de la familia de Resbalón una misma persona –Carlos Ontivero– ejecutaba los cortes capilares de equinos y humanos. Fui testigo, la vez que el menor de mis primos tuvo que esperar que terminaran con el caballo tobiano de mi tío, que estaba un turno antes en la fila del coiffeur.

Yo estaba ansioso por visitarlos, a pesar de haber conocido junto a ellos los alcances de la palabra terror, o quizá por esa misma razón. Terror que comenzaba a mediados de enero con la bocina de la camioneta a las siete de la mañana, indicando que mi apacible vida citadina sufriría un paréntesis trágico. La finca “Monte Bello” era para mi infancia el nombre del infierno de mosquitos, hambre, sed y oscuridad que me esperaba por el resto de las vacaciones, sumado a la imposibilidad de exteriorizar dolor o miedo. Con el tiempo, el miedo pasó, y aprendí que podía confiar en mis primos, que eran la hueste más fascinante con la que conviví jamás.

Resbalón viajaba a buscarme cubriendo cien kilómetros solo para eso. Lo hacía por cariño sincero, pero también porque estaba subido a la tarea evangélica de endurecer mi carácter de malcriado burgués. Mi primera estadía entre ellos fue épica: les convertí la paz del campo en un infierno de llantos matizados por diarreas y vómito. Así, mi tío estaba orgulloso de ver que mi ánimo se templaba con los años. Cada vez llegaba a buscarme con todos los chicos, que brindaban un espectáculo único a la ventana de mi departamento. Como ninguno quería ir adelante para no perderse detalle del viaje, lo hacían en la caja de la camioneta azul oscuro, que parecía cargar una araña pollito. Al momento de este relato, la caja estaba repartida así: Baltazar (11), Zenón (13), Belisario (16), Félix (17) y Mateo (18).

Yo saludaba a mí tío Resbalón moviendo la mano y con una risa nerviosa, que él disipaba desde la cabina con una venia alegre. Sin más preludios me trepaba a duras penas a la camioneta para encontrarme con la sonrisa pura de Belisario, la cara torpe y mal agestada de Félix –solo faltaba que me gritara “para qué mierda te tenemos que venir a buscar”– y la indiferencia de Mateo, siempre volado. Los más chicos, la espalda contra el vidrio de la cabina, me dedicaban un saludito sincronizado. La pregunta esencial era si traía conmigo alguna novedad. Y todo me lo decían en perfecto lenguaje élfico quenya.

Entonces Belisario ponía orden para señalarles que yo no había sido saludado apropiadamente. De este modo avergonzaba a sus hermanos, recordándoles que hablar el quenya implica también una dignidad y cortesía absolutas.

¡Aiya! –los amonestaba. Y después me decía:– Elen síla lúmenn’ omentielvo, Una estrella brilla a la hora de nuestro reencuentro–bajando la cabeza y la mirada en señal de respeto.

¡Alla! –contestaba yo, honrado. Y todos se sumaban a mi alla.

 

2

Yo tengo parte de la culpa, pero no toda. Desde los diez años comencé a llevar las obras de Tolkien de mi casa a Monte Bello, donde solo había un Quijote, la Biblia y un Mis montañas.

¿Cómo iba a imaginar que prenderían así entre mis primos?

En el campo, sin posibilidad de volver a la ciudad por un par de meses, el mundo fantástico de J.R.R. era mi única vía de escape. Supongo que provoqué la curiosidad de los hijos de Resbalón por la fruición con la que leía y releía El Señor de los Anillos, mi obvio primer contacto con Tolkien. Fui comentándoles el contenido, dejándoles libros a medida que los terminaba.

Resbalón y tía Anita eran muy estrictos en la educación de sus hijos en cuanto a consumos literarios, de indumentaria y de pensamiento. Parte del orgullo de vivir lejos y aislados era contar con un ambiente controlado para la crianza. Gente piadosa, pensaban que si algo era cierto tenía que estar en las Escrituras, y si no estaba no podía ser cierto. Por lo tanto, en el momento en que pisaron la Tierra Media de Tolkien, los hermanos comprendieron que se trataría de un culto clandestino. Dos de ellos fueron llevados al fonoaudiólogo cuando los escucharon articular el idioma de los Noldor, bajo la hipótesis de que había allí un mal castellano antes que una sublime pronunciación querandí. Un tercero tuvo que completar veinte cuadernillos de caligrafía cuando descubrieron un par de runas de su puño y letra.

El encuentro de Santo Tomás con la Metafísica de Aristóteles no habrá sido tan emotivo como cuando los Brito abrieron el Qenta Silmarillion. El último año que fui a Monte Bello les lleve el Atlas de la Tierra Media, de Karen Wynn Fonstar, con el que me gané el aplauso. A los cinco días ya había discrepancias respecto a la cartografía de la batalla del abismo de Elm.

Sé que nunca más pasaron por mí porque el mundo secreto explotó, y yo caí en desgracia ante Resbalón y la tía. Los más chicos, que eran digamos tolkianos nativos, no avanzaban en la escuela. No querían saber Historia, sino reconstruir las batallas de los enanos; no avanzaban en Gramática Española, por considerar que se trataba de un idioma inferior, tosco. Cuando les pidieron explicaciones hallaron que los hermanos se comunicaban como nadie, en un idioma inexistente (al que habían hecho varias mejorías, ampliaciones indiscutibles). Mi nombre, que sólo sabían escribir en runas, fue puesto en la palestra. No pude verlos más. Incendiaron su mundo imaginario, prohibieron las expresiones que lo evocaran. Pasó lo mismo que con la Inquisición: Resbalón y Anita se convirtieron en grandes conocedores de Tolkien, la única forma de aniquilarlo.

No volví a encontrarme con ninguno de ellos por más de tres décadas, en parte porque de verdad creyeron que yo era el demonio. Pero estoy seguro de que también sentían vergüenza del lugar de chivo expiatorio que me tocó.

 

3

Seguí Filosofía, pero no me gustaba ir a clases, así que abandoné para trabajar. Me emplearon en una librería a la que no iba nadie, donde lo más pesado era el dueño, que cuando leía algo que le gustaba no podía guardárselo y a cada rato se entusiasmaba: “Escuchá, escuchá…”.

Hasta ese lugar, para mi sorpresa, llegó Resbalón, treinta y dos años después de nuestro último encuentro. Estaba igualito, alto, grave, risueño. Su mirada no trasuntaba perdón, sino encargo: Belisario había contraído una pulmonía grave, y me mandaba a llamar. En una campaña de papa semilla en los valles calchaquíes, había pescado un resfrío imparable, recibiendo el peor de los pronósticos. Todos los hermanos eran exitosos trabajadores de campo, conocedores temerarios que sembraban en los rincones más inhóspitos del país.

Viajé con Resbalón en silencio. La camioneta no era la misma, pero por una vez yo fui en la cabina. Al llegar a Monte Bello, tía Anita se escondió para no verme, para no recordar en mí al culpable de todas las maldades a las que debió someter a sus hijos para purgarlos de orcos, elfos, de los reinos de Gondor, de Rohan, de la Comarca, de los Minyar, Tatyar y los Nelyar.

Me acerqué a la cama y vi a Belisario: una ramita de flaco. Con esfuerzo se acercó a mi oído y me dijo:

Elen síla lúmenn’ omentielvo, parmandur –y se durmió.

Me conmovió que me llamara parmandur –librero–, a mí, que no pude ser nadie. Entre los elfos, llamar por la profesión es una deferencia para con el que desempeña alguna tarea fundamental en el cosmos.

El pecho de Belisario se hinchaba, pero su piel estaba pegada a los huesos.

Alla, primo hermano, q tenn’ enomentielva–respondí. Hasta nuestro reencuentro.

Estoy seguro de haber escuchado a Resbalón completar esa despedida conmigo.

 

 


Santiago Garmendia
Doctor en Filosofía, docente en la UNT y en la UNSa, Investigador, Director del proyecto “Tecnociencia, filosofía y medio ambiente“. Colaborador de La Gaceta Literaria y en la revista cultural Dixi /He dicho. Ha escrito y editado libros sobre filosofía contemporánea y filosofía del lenguaje. Su tesis Lenguaje y realidad en Wittgenstein (2014) ha sido publicada en la Serie Tesis de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT. Su primera obra de ficción fue la novela La religión de los dioses (Culiquitaca, 2015). Su segundo libro fue la compilación de cuentos Mal de Muchos (Lago, 2016). Nació en 1976 en San Miguel de Tucumán, ciudad en la que reside.

Imagen de tapa: Alejandra Mizrahi, Supernova. Cemento y tejido de lana de oveja. 25 x 7 cm. 2014.

 

Alejandra Mizrahi
(Tucumán, 1981) Es artista, docente e investigadora. Doctora y Magister en Filosofía por la Universidad Autónoma de Barcelona, especializada en Arte y Diseño por la Universidad Autónoma de Barcelona. Actualmente es docente de la Tecnicatura Universitaria en Diseño de Indumentaria y Textil de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de Tucumán. Fue docente en la Carrera de Diseño de Indumentaria y Textil de la Universidad de San Pablo Tucumán (USPT) y de la Licenciatura en Artes de la Universidad del Museo Social (UMSA). Entre 2011 y 2015 formó parte del equipo de gestión de Rusia Galería. Coordina talleres de prácticas artísticas y experimentación textil desde 2012. Co-autora del libro “Randa: tradición y diseño tucumanos en diálogo” EDUNT; IDEP, Centro Cultural Eugenio Flavio Virla, (2013). Publicaciones destacadas: ¨El diseño posible. Paradigmas, mercado e identidad del diseño de indumentaria y textil en Argentina¨ Editorial UNNOBA y Cuadernos de Diseño 6: “Diseño en red”, Editorial IED Madrid (2016). Ha recibido numerosas becas de investigación y producción artística tanto en nuestro país como en el exterior.

 

 



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