PAISAJE

PAISAJE

PAISAJE

Por Silvia Camuña

(Del libro inédito “Una hora de entusiasmo”)

 

En medio de la noche está el semáforo. Hace meses lo ve desde el balcón detrás de los techos viejos, entre grises y ladrillos con moho. Allí está con su mecanismo de siempre: rojo que frena el paso, verde que lo permite, y a la madrugada, el parpadeo amarillo. Para entonces vuelve a inquietarse, el parpadeo continuo la incita a bajar por la esquina, pero siempre desiste, mejor quedarse, mejor el hogar, ya se conoce y no quiere perder el rumbo. Como diría su madre:

-Mejor querer a quien te quiere y no complicaciones.

Su hija duerme en la habitación debajo de su estrella de fantasía, esa lámpara que le compraron en la feria de artesanos porque se cree un hada, y tal vez lo sea: flequillo rubio y piernas largas, manos de dedos finos que dibujan todo el día novias y espejos mágicos.

El marido le gruñe en su dialecto extranjero, mezcla de portugués e inglés sazonado con pronombres en castellano. Le pide la cena que no hizo.

-No había nada en la heladera.

Él vuelve a mirarla con ojo de un buen tasador, como cuando la conoció en las playas de Panambí. Bebe un poco de vodka. Ella también se sirve, con el cuidado de que, a los ojos de él, beber no indique desesperación, acaso sed, o acaso solo compañía. El alcohol vuelve aún más iridiscente el guiño amarillo del semáforo a lo lejos, entre los techos oscuros. Ojalá marcharse fuera así de simple: cuando diera amarillo. Pero siempre debe esperar que desde la otra vía alguien le ceda el paso, y él no piensa cedérselo. Están ahí por culpa de ella.

-Vera, você debía regresar a casa y no lo fizo, ¿recuerda?

Parece que va a decírselo hasta gastar la frase. Ese inglés viejo parece su madre, vestida de traje sastre, en la vereda de su inconsciente, recriminándole. Cuando se vino de Brasil con la niña a pasar la Navidad en familia, no contaba con que él, ante la demora de meses, fuera a buscarla. Ahí estaba. La había perseguido. Hacía tres años que estaban en ese pueblo del norte de la Argentina, respirándose el poco aire que la humedad de ese clima les dejaba entre las comisuras cuando paraban de insultarse.

Cada noche sale al balcón más temprano, ni bien la hija se duerme, corre a levantar la ropa del tendido y a regar las plantas en cámara lenta. Cuando termina la tarea, fija la mirada de nuevo en el semáforo, en el rojo tozudo que tanto conoce y en el verde que tanto aventura. Cuando las horas avancen, el amarillo cadencioso le inyectará los ojos como la noche se los inyecta a los gatos dilatándoles las pupilas.

-Vera, dinheiro será logo pronto- le dice el inglés asomándose con el vaso en la mano. Otra frase harta repetida. Piensa si repite las frases porque no sabe el idioma, o solamente para fastidiarla.

-Sim, caro- responde a punto de explotar en su falsa amabilidad. Quizá todo ocurra de modo desprevenido y una noche se vaya, como pasó aquel verano en que dejó la casa de la playa, y al inglés trabajando en su cadena de bares para no volver nunca. Ese crucial diciembre había metido en la valija sus joyas de reina egipcia con las que él la había adornado para contemplarla en la arena, brazaletes y anillos para cada uno de los dedos de sus pies; tres libros de poemas y ninguno de gramática castellana, sus botas de taco aguja, porque a esas sí pensaba continuar usándolas, aunque él no estuviera.

El verde le da suspiro, el rojo, bronca, el amarillo silencio. Silencio para pensar en ese extranjero con el que se había casado en un barco, y que en el exilio había perdido el dinero y la juventud, algo que ella aún tiene y que siente al estirar los brazos como una gata blanca. No acaba de desperezarse cuando escucha, a sus espaldas, un murmullo multilingüe, sabe que luego viene el contacto, la cópula memorizada como un rezo de castigo, con sus tres perdones y su penitencia. Esta vez se retrae un poco: mientras el acto ocurre y culmina, el semáforo pasó a quedarse en guiños. Le tiene lástima. Y asco.

La niña se mueve dormida, soñando con palomas ahogadas. El inglés se sirve un vodka. Ella en el balcón enjuaga la ropa interior en la pileta, luego su sexo, que parece de otra, de una a la que está lavando porque está enferma y tiesa. Cuando entra a la cocina percibe el olor del vodka, que no es otro que el olor cutre de ese hombre. Quiere agua. No hay agua fresca. No hay hielo. Se sirve de la canilla, tiene gusto a sopa, a alguna sopa desabrida de la infancia con la que quisieron calmarle la fiebre. Toma la cartera, él se acerca y se interpone entre ella y la puerta:

– não vá

-sí, me voy- le dice, y lo aparta.

La corre por el pasillo. Ella avanza mientras le caen los primeros golpes sobre las caderas. Él quiere quebrar el cántaro. Rojo. Verde no.

Logra abrir la puerta del ascensor, tiene las pupilas dilatadas y amarillas.

 

 


Silvia Camuña
Escritora tucumana, incursionó en diversos géneros. Tiene publicadas tres novelas: “Miskimina” (1998), “Clademira y el vuelo” y “Relato en son para Mala” (2013). Sus microrrelatos integran las antologías “¡Basta!” (Cien mujeres contra la violencia de género, 2013) (2013), y “Borrando fronteras” (2014) de la editorial Macedonia. Publicó los poemarios “Tumba do” (2017) y “Poemas del maravilloso ritual” (2018) en la Editorial Huesos de Jibia. Participó además en la antología de guionistas tucumanos “Guión bajo” (2015). Recibió, entre otras distinciones, el Premio Nacional Fundación Octubre (2002) con «Poemas del maravilloso ritual”; Primer premio con “Poemas de la montaña en el certamen «Tucumán con todas las letras» del Plan Nacional de Lectura (2009). Más información en su página: https://www.facebook.com/sibila.36/

Imagen de tapa: Carolina Pereyra, S/T. Fotoperformance. Remeras con frases impresas de declaraciones anónimas de mujeres, obtenidas mediante una encuesta. 2006. De izquierda a derecha: Verónica Mengual, Valentina Díaz, Sonia Ruiz y Carolina Pereyra. Fotografía: Marcos Figueroa.

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Carolina Pereyra
Fue una joven activista política y estudiante de la Licenciatura de Artes Plásticas de la Facultad de Artes de la UNT. En su producción supo aunar su lucha partidaria con la del feminismo al que abrazó muchos años antes de que estallara con fuerza en nuestro país y el mundo. Murió el 4 de mayo de 2020.