UCRANIA, EL DESENLACE ANUNCIADO

UCRANIA, EL DESENLACE ANUNCIADO

En proximidad con el pensamiento de Atilio Borón y de Boaventura de Souza Santos, Luis Octavio Corvalán nos propone no opinar apresuradamente sobre el conflicto Rusia-Ucrania que hoy conmueve al mundo. Sin apasionamientos promovidos por los medios masivos de comunicación, su visión analítica avanza sobre el contexto histórico de esta dolorosa contienda a la que sólo entenderemos si somos capaces de mirar aquello con lo que se relaciona, pues, para saber en qué consiste un fenómeno, muchas veces también debemos ser capaces de escabullirnos de los límites.

 

 

 

UCRANIA, EL DESENLACE ANUNCIADO

Por Luis Octavio Corvalán, Marzo de 2022.

 

Intentar escribir sobre Ucrania hoy es todo un desafío. Es el tema del momento, está en todas partes. En esta nota intentaremos dar nuestro propio punto de vista.

El 24 de febrero pasado, Rusia invadió formalmente Ucrania. La visión “mainstream” de occidente y buena parte del mundo es que Putin, el líder autocrático ruso, es el culpable de esta inaceptable movida militar, contrariando toda norma de convivencia internacional. En general, los países occidentales y en particular los de la comunidad europea, se estorban unos a otros para acoplarse a las condenas y sanciones económicas que sugiere Washington.

El rol de Estados Unidos en esto es como ese promotor que sentado cómodo en el ringside grita al boxeador que está en el cuadrilátero cómo debe enfrentarse y lastimar a su contrincante, más grande, potente y gran favorito para ganar la pelea. Lo que menos tiene pensado el promotor es subir al cuadrilátero para colaborar con su cuerpo e integridad en la pelea. Ahora vamos a analizar un poco mejor cómo es que llegamos a esto.

Para no irnos más atrás, vamos a comenzar esta historia, y como seguramente ya conocen los lectores de esta revista, cuando sucedió la caída del muro de Berlín en 1989 y continúa un par de años más tarde, después del colapso de la Unión Soviética, en que los estados pertenecientes a ese conglomerado quedaron echados a su suerte y con la posibilidad de declararse independientes. Es así que Rusia pasó a ser un país más, el componente más grande y poderoso de la ex unión, pero no más que eso: un país más. Y mientras Estados Unidos sacaba ventaja de esa crisis y de la debilidad de su principal enemigo – recordemos que para el ciudadano medio norteamericano, Rusia y la URSS eran sinónimos y muy pocos conocían la diferencia – al mismo tiempo fueron captando para su lado de la grieta ideológica que significó la guerra fría, a la mayoría de estos estados ahora independientes. Con el tiempo, muchos pidieron integrar la Comunidad Económica Europea y, para 1999, varios de estos estados fueron admitidos en la OTAN, la alianza militar creada en 1949 para defender a Europa Occidental de un avance expansionista de la URSS, justo en el año en que pasó a ser una potencia nuclear. En 2004 se agregaron otros países a esta alianza militar, algunos de los cuales compartían frontera con Rusia.

Para entonces, Rusia ya estaba dirigida por Vladimir Putin, un líder carismático, ex espía, atlético y vigoroso, que contrastaba con el etílico y torpe semblante de Boris Yeltsin, que permitió, con el apoyo de Estados Unidos y el FMI, hundir a Rusia en una crisis inédita, con niveles de pobreza, de marginación, desocupación y hambre como jamás vivieron durante los años de comunismo. Putin comenzó a recomponer la economía y a devolver la autoestima a un pueblo golpeado, y dejó muy en claro luego de la incorporación de Letonia, Lituania, Estonia y Rumania a la OTAN el 29 de marzo de 2004, que no toleraría más avances de la coalición militar hacia sus fronteras. Se refería puntualmente a países como Ucrania, Georgia y Belarus, entre otros.

Estados Unidos, en lugar de incorporar a Rusia a la órbita de países que ya habían abandonado el comunismo y de tomarla como una aliada estratégica – algo que podrían haber hecho durante los años de Yeltsin – , disolver la OTAN – cuya función ya no tenía objetivos reales -, y contribuir a lograr ese soñado mundo liberal y democrático donde nadie tenía que pensar, como lo vaticinaba Francis Fukuyama en ese ridículo best-seller “El fin de la historia”, se vio tentado, en cambio, a aprovechar la debilidad rusa para consolidarse como potencia hegemónica y de paso humillar a su disminuido rival.

Fue así que Estados Unidos comenzó a utilizar a la OTAN para desintegrar a su antojo a la ex Yugoslavia, bombardeando ciudades y población civil sin consultar siquiera a su contraparte rusa, expandiendo de esa manera a la OTAN, tal como lo mencionamos anteriormente. Esto contrastó con la política empleada al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando EEUU contribuyó a reconstruir Alemania y Japón y a incorporarlos como socios, para no repetir la experiencia de la guerra anterior, donde humillaron a Alemania, condenándola a cubrir los gastos de la guerra, hundirla en un crisis económica y humanitaria que desembocó en la aparición de Adolf Hitler y todo lo que sobrevino después.

Aparentemente, se olvidaron de esa experiencia y aquí repitieron la historia. Para fortuna de la humanidad, en Rusia apareció Putin y no un Hitler. En las dos décadas y monedas que lleva en el poder, Putin no mostró jamás una intención expansionista ni agresiva hacia ninguno de sus vecinos. Sí reprimió intentos separatistas, en particular en Chechenia, como lo mostraron otros países ante similares situaciones. Estados Unidos en el siglo XIX, Gran Bretaña, España y otros más recientemente.

Sin embargo, todos los involucrados hoy en este conflicto sabían perfectamente que Putin había aclarado taxativamente que cualquier otro avance de la OTAN significaría una “amenaza existencial” para Rusia y que habría una respuesta acorde. La amenaza existencial es la contraparte del latiguillo que usa EEUU cuando expresa una “amenaza a la seguridad nacional” y actúa sin el menor reparo por las formas, defendiéndose a su capricho del proclamado riesgo. Pero en 2004, año en que Putin empezó a expresarse en ese sentido, EEUU no veía en Rusia a un actor capaz de llevar a cabo sus amenazas y siguió, como lo expresa el catedrático John Mearsheimer (Chicago University) “hincando con un palo al oso” con la suposición de que nada ocurriría.

Con esto en mente y con la obligada venia de EEUU, en abril de 2008 el general Jaap de Hoop Scheffer, Secretario General de la OTAN, expresó que Ucrania y Georgia eventualmente ingresarían al tratado militar. Las relaciones entre Rusia y Georgia habían sido siempre conflictivas desde la caída de la URSS. Y empeoraron a partir del año 2000 cuando Putin asume el poder. Luego de muchos problemas y tensiones entre ambas naciones, justamente durante ese abril de 2008, tanto el presidente de Georgia Mikheil Saakashvili como su par norteamericano George W. Bush expresaron el interés de incorporar a ese país a la OTAN. Y tal como dejó claro Putin poco tiempo antes, en agosto de ese año dieron comienzo las acciones militares entre Rusia y Georgia. Para octubre finalizaron los enfrentamientos, con dos regiones separatistas independizadas del gobierno central de Georgia y aniquiladas las ambiciones de unirse a la OTAN. Georgia no se anexó a Rusia y es hoy un país independiente.

O sea, el que se haya sorprendido de lo que ocurrió a partir del 24 de febrero pasado, no conoce o no QUISO recordar la historia reciente. La guerra de Georgia de 2008 puso en evidencia la obsolescencia del aparato militar ruso y la falta de profesionalismo de sus tropas. Esto no pasó desapercibido para Putin, que se puso en campaña para modernizar su ejército. Ese fue un objetivo central desde entonces, logrando impresionantes resultados que hoy se observan en las decisiones que tanto EEUU como sus socios europeos toman, de no involucrarse militarmente en el conflicto. Rusia es un rival de respeto hoy, incluso para una superpotencia como Estados Unidos.

Ucrania es un país más grande que Georgia y ubicado en un lugar aún más estratégico, visto desde Europa. Sus dirigentes tenían una relación de cooperación y simpatía hacia Moscú, pero esta situación se vio alterada drásticamente en febrero de 2014, cuando manifestantes nacionalistas de extrema derecha y otros descontentos empezaron numerosas protestas callejeras en contra del presidente Viktor Yanukovych, democráticamente electo en 2010 y con estrechos vínculos con Moscú. Estos manifestantes recibieron inmediato apoyo de todo tipo por parte de los Estados Unidos y el 24 de ese mes Yanukovych fue depuesto y su gobierno derrocado. Se había negado a firmar un tratado que iba a incorporar a Ucrania a la CEE. Los gobiernos que lo sucedieron fueron, por supuesto, pro-norteamericanos.

El país que se llena la boca de democracia no tiene inconveniente en apoyar golpes de estado contra gobiernos democráticos si estos son en su beneficio. La inmediata reacción de Rusia fue anexar la península de Crimea, que fue obsequiada a Ucrania por Rusia cuando ambos formaban parte de la URSS. En esa península está Sebastopol y la principal base naval rusa del Mar Negro. Una consulta popular realizada al poco tiempo arrojó que más de un 90% de la población de Crimea deseaba ser parte de Rusia y no de Ucrania. Los países occidentales jamás reconocieron esa anexión y siguen reclamando su devolución.

Otra de las consecuencias de la Revolución de la Dignidad, como se autoproclamó el golpe de estado de febrero de 2014, fueron los levantamientos de regiones de Ucrania oriental, donde se habla ruso, en conflicto con sus conciudadanos que hablan ucraniano. Estos movimientos separatistas recibieron apoyo militar y de inteligencia de Rusia y se convirtieron en un conflicto interno irresuelto hasta ahora, con sectores virtualmente independizados del gobierno central de Kiev, que no dudó durante estos años en bombardear a la población civil e intentar por la fuerza recuperar control de esa región rebelde.

Europa, mucho más expuesta a estos conflictos que transcurren en su propio territorio, conoce perfectamente esta historia pero carece hoy de verdaderos líderes que pongan sus propios intereses económicos, de seguridad, estratégicos y energéticos por delante de las decadentes ambiciones imperiales de los Estados Unidos. La falta de una dirigencia compuesta por verdaderos estadistas le está dando a Europa un rol bastante patético en esta crisis, donde EEUU desde su comodidad y distancia, aislada por dos océanos, mueve los hilos de este conflicto donde solo aporta retórica e ingentes negocios para su siempre presente complejo militar industrial, mientras los muertos y la destrucción de infraestructura civil e industrial y el colapso económico y humanitario lo aporta Ucrania.

Todo esto es consecuencia directa – por más que algunos medios insisten en negarlo – , del flirteo de occidente con la incorporación de Ucrania a la OTAN, que se reavivó desde la llegada de Zelensky al poder. Según el investigador John Mearsheimer ya nombrado, Ucrania se convirtió en el último año y pico en un miembro “de facto” de la OTAN. Lo dejaron jugar con la posibilidad concreta, pero cuando vino la reacción rusa y la invasión del 24 de febrero, Zelensky vio que todos los que lo impulsaron a hacerse “el bravo” lo dejaron solo en el campo de batalla. La destrucción del país lo llevó a admitir recientemente que nunca estuvo en sus planes incorporarse a la OTAN y así buscar una manera elegante de frenar el avance ruso y salir del atolladero. Si a esto lo hubiera manifestado abiertamente antes de la invasión, el conflicto no se hubiese producido. Sabe, mediante los encuentros que está teniendo, que los rusos no piensan conquistar Ucrania. Los sueños de Zelensky de ingresar a la alianza militar no ocurrirán, deberá reconocer que Crimea es parte de Rusia y más que probablemente deberá, además, reconocer la autonomía de las regiones rebeldes del este. Podrá, si se llega a un arreglo, conservar el resto de Ucrania e incorporarla eventualmente a la Comunidad Europea, pero no a la OTAN. Las potencias occidentales no se involucran directamente porque saben que Rusia está enganchada en una guerra de posiciones, muy estática y controlada, aún a costa de sus tropas y vehículos terrestres, desplegando una porción ínfima de su arsenal militar, con la única intención de poner presión sobre el gobierno ucraniano para negociar desde una posición de fuerza.

El mayor problema que la resistencia ucraniana está generando a Occidente, y a Estados Unidos en particular, es prolongar el conflicto más allá de las propias previsiones del Pentágono y la OTAN. Esto les genera un dilema moral que no tenían previsto: la resistencia ucraniana, que evita una fácil y rápida victoria rusa, expone el flagrante abandono de Occidente en materia militar a Ucrania. Estados Unidos prohibió a Polonia enviar a Ucrania sus aviones de fabricación soviética, que los pilotos ucranianos saben operar, para no escalar el conflicto. Ellos –los Estados Unidos – son conscientes de que a este conflicto lo gana Rusia. El peor escenario es la prolongación del conflicto o peor, que Rusia empiece a perder. Lo que no quieren hacer es arrinconar a un enemigo que ve el acercamiento de Ucrania a Occidente como una “amenaza existencial”, y más que nada cuando ese enemigo tiene a su disposición un arsenal nuclear y lo tiene alistado.

Los puntos que Putin exige para un alto el fuego y el retiro de tropas son temas que Washington sabía de antemano que se iban a tener que aceptar. La valiente, heroica y patriota resistencia que está exhibiendo el pueblo y fuerzas militares ucranianas está demorando ese desenlace y profundizando la crisis económica en Ucrania, en Rusia y en el resto de Europa e impactando incluso en Argentina. Nadie quiere que esto se extienda.

Contradicciones que se producen en un mundo donde las fronteras ideológicas se diluyen y donde las añoranzas de poder absoluto de un imperio en decadencia llevan a muchos a embarcarse en conflictos absurdos y fácilmente evitables. Por esta razón China mira expectante, sin condenar a Rusia, porque ya sabe de sobra que nada gana siguiendo un juego dialéctico y vacío de contenido de su principal rival económico y estratégico. Además, Putin cumplió con su promesa a Xi Jinping de no invadir Ucrania hasta finalizadas las olimpíadas de invierno de Beijing. Lo hizo 48 horas después.

Esto es lo que vemos en la superficie. Rusia, y en particular Putin, totalmente a contramano de la propaganda y discurso imperante en Occidente, no tienen intención de anexar Ucrania, ni restaurar la Unión Soviética, ni de seguir conquistando Europa. Nunca mostró ambiciones expansionistas.

Las provocaciones de Estados Unidos, en particular desde la asunción de Joe Biden, que a los 2 meses tildó de “asesino” a Putin y casi en simultáneo humilló a la delegación china en Alaska en el primer encuentro comercial entre ambas potencias, empiojaron más las ya difíciles relaciones que venían arrastrando desde la caótica gestión Trump en materia internacional. La violencia siempre es mala, y esta vez hay algo de legítimo en condenar el accionar de Rusia y Putin. Pero desgarrarse las vestiduras, prohibir a atletas a competir, congelar fondos de ciudadanos rusos y demás sobreactuaciones no pueden provenir de quienes usaron la fuerza, las invasiones y el poder militar en general para imponer sus gustos e intereses económicos al resto del planeta. Al menos, hay que adoptar una visión prudente dentro de un mínimo contexto histórico, como el que hemos intentado mostrar en esta nota.

 

 


Luis Octavio Corvalán
Técnico Mecánico Electricista, especializado en diseño de transformadores y máquinas sincrónicas y en generación de energía eléctrica. Ha estudiado Ingeniería Eléctrica en la Universidad Nacional de Tucumán y es miembro de la Asociación Electrotécnica Argentina. Ha publicado artículos en revistas especializadas, así como también manuales técnicos. Ha dictado cursos de capacitación presenciales y on-line relacionados con su especialidad. Es, además, guitarrista y ha integrado diversas bandas de rock de gran relevancia en la escena musical tucumana. Como analista político, ha publicado notas y comentarios en revistas locales y en medios electrónicos. Actualmente, se dedica a investigar la historia y el presente de China y su impacto en el mundo contemporáneo. Desde hace 13 años publica artículos sobre política y economía en su blog “Luis Octavio Corvalán Político”, http://locpolitico.blogspot.com. 

Imagen de tapa | izquierda: Ezequiel LINARES, Cañas y lirios (de la serie El jardín de la república). Acrílico sobre tela. 175 x 175 cm. 1973. Fuente: http://www.ramona.org.ar/node/32968 | derecha: Ezequiel LINARES, Flores y fusiles. Acrílico s/tela. 175 x 175 cm. 1975. Fuente: https://pandorama-art.blogspot.com/2009/12/gran-exposicion-antologica-de-joaquin.html


Joaquín Ezequiel Linares
Considerado el último “maestro” de la escena artística tucumana, Joaquín Ezequiel Linares (1927-2001) fue un artista que integró y fundó el Grupo del Sur. Porteño del barrio de Barracas, falleció en San Miguel de Tucumán, ciudad en la que vivió y trabajó durante sus últimos 35 años. En 1962 se radicó en nuestra provincia incorporándose al plantel docente del entonces Departamento de Artes de la UNT como responsable de la sección pintura formando varias generaciones de artistas. De trascendencia internacional, además de exponer en Argentina, numerosas veces expuso en salas de Brasil, EEUU y Europa. Sus obras se encuentran en colecciones privadas y museos de diversos países. En 1979 recibió el Gran Premio del Salón Nacional de Artes Plásticas y el Premio Konex en 1992.

 

 

 

 



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