Hablar consigo mismo

Hablar consigo mismo

Hablar consigo mismo

por Ricardo Gandolfo

 

A veces, en la quietud de una noche en que estamos solos, o también en un paisaje cuya grandiosidad nos inspira, nos reconforta y nos provoca una leve inquietud, tendemos a hacer lo que – si sabemos hacerlo – es una de las tareas más complejas, pero a la vez más constitutivas de nuestra humanidad: hablar consigo mismo. Dedicarse ciertos interrogantes que no solemos desplegar en nuestras horas de vigilia, bucear en ese mar lleno de naufragios de nuestra subjetividad, donde las palabras son las guías de ese zambullirse confiado, pero a la vez, son equívocas, nos desplazan, nos sustituyen y por eso mismo, finalmente, nos curan y nos lanzan a nuevas aventuras de la vida.

Pero hay que entender esta consigna. Hablar con uno mismo no es una tarea obsesiva, desgarradora o hiriente. Puede serlo, pero, en verdad, va mucho más allá de eso. Porque una vez que entramos en el territorio de las frases que evocan, recuerdan, o hacen vivir de nuevo ciertas experiencias que hubiéramos preferido olvidar, nos hacen encontrarnos con el Otro, con ese ajeno que nos constituye íntimamente y que la soberbia de nuestros yoes siempre pretende aniquilar.

La experiencia de ese discurso interior (por llamarlo de alguna manera) es confrontarnos con lo que fue otro en nuestra vida y que por eso mismo nos constituye más íntimamente de lo que nosotros creemos. Esa experiencia tiene un nombre técnico, se llama identificación.

Las identificaciones van armando, desde muy temprano, nuestra subjetividad. La fundan, la constituyen. La frase de Rimbaud “Yo soy otro” es cierta profundamente. Ese Otro que va quedando como un depósito confuso en la subjetividad de cualquiera, lejos de desresponsabilizarnos como pretende el pequeño Arthur, gran poeta, pero insignificante persona como lo mostró el final de su vida, por el contrario, nos sumerge en la precisión de reconocer que habiendo sido un Otro, somos nosotros mismos quienes debemos responder. La responsabilidad subjetiva (que es nada menos que la respuesta que damos a nuestra constitución y en nuestros actos) es crucial y se produce cuando podemos desprendernos de algunas de nuestras identificaciones o, al menos, instalar entre ellas y nuestros actos una distancia prudente. Responder es entonces nuestra tarea, aun cuando los interrogantes se nos hayan planteado en una relación con el Otro que puede estar simbolizado por nuestra madre, hermano, padre e inclusive por esas abstracciones cómodas que se llaman dios, la patria, la humanidad, el universo.

Los modos de esas respuestas son múltiples y van desde una afirmación responsable hasta un acto aparentemente inmotivado, pero que nos saca de la obligación de responder sumiéndonos en una ignorancia inquietante. No saber qué responder es, a veces, un modo de respuesta que muestra la perplejidad del sujeto frente a algún interrogante que lo constituye. Ya que las personas que atravesaron nuestras vidas, permanecen bajo la forma de rasgos de nuestro ser que no siempre resultan agradables.

Otro modo de evitar esa experiencia de cuestionar nuestras identificaciones, es sumirnos, por el contrario, en la identificación total. Ser como los otros, como los grandes íconos que las publicidades musicales, artísticas, deportivas, políticas, sociales elevan a la categoría de modelos y olvidar en medio de esas imágenes, casi siempre contradictorias, lo real que nos habita y nos constituye en lo más profundo de nuestro ser. Ese real, que, en cierto modo, nos es profundamente ajeno y constituye una experiencia discordante en nuestras vidas y, sin embargo, forma parte de nuestro ser de manera íntima.

Los poetas, que suelen ser los que penetran más profundamente esta cuestión suelen decir cosas interesantísimas al respecto. Por ejemplo, una escritora como Emily Dickinson, sutil, secreta, íntima, escribió una vez:

 

Si logro salvar un corazón de romperse,

no viviré en vano;

si logro borrar de una vida el dolor,

o enfriar una herida

o ayudar a un esfumado petirrojo

a regresar a su nido de nuevo,

no viviré en vano.

 

Daba a entender así que era necesario abrirse al otro para alcanzar la plenitud en la vida, pero lo interesante era que no consistía en parecerse al otro, sino en hacer algo por él, darle una diferencia que le permitiera vivir, levantar vuelo nuevamente, sanar su corazón, regresar a su casa. Y esa experiencia, que parte de la diferencia para asegurar la comunidad, es lo que me parece de gran importancia para asegurar la vida sobre la tierra. No esforzarse por construir un país de iguales, donde el aburrimiento y lo monocorde de expresiones y pensamientos sea la preparación para la destrucción, sino un país de diferentes, unido, sí, por algunas consignas comunes centrales, pero habitado por una multitud de seres dispares, disímiles, singulares.

El amor, que suele ser la vía equivoca para unir a los humanos, debe darse entre diferentes, ya que de otro modo no podría engendrar el deseo que aspira a lo que nos descompleta, nos hace salir de la cáscara de nuestro yo, habitado por insondables identificaciones, y nos hace avanzar hacia ese otro, con el riesgo de arder en esa travesía difícil.

Pero es que hechos de lo Otro, constituidos con un real que nos es ajeno, que suele ser menos heroico de lo que nos creemos, y que sólo puede apreciarse en esos raros momentos en que uno cree hablar consigo mismo, cuando en realidad está interrogando esa ajenidad que nos habita sin saberlo y cuyo nudo es decididamente erótico, es en ese momento cuando obramos como nosotros mismos.

Esta reflexión que puede parecer a muchos, oscura y compleja, es, sin embargo, la consecuencia de haber comprobado que cada ser humano no es una prisión o una cárcel donde purga un pecado que no cometió, sino, por el contrario, sufre las consecuencias de sus actos, de sus pensamientos, y de sus amores y odios, y que reconciliarse con ellos es acceder a ese lado Otro de sí mismo, allí donde lo que encontramos ciega nuestros ojos y nos obliga, como a Edipo, a vivir de manera diferente.

 


Ricardo E. Gandolfo
Nació en Las Termas de Río Hondo, en 1953. Se licenció en Psicología en 1976. Ha publicado Diario de Babel (Sudamericana, 1981), Ajenos al Vecindario (antología en colaboración, Último Reino, 2009) y Bazar Japonés (Ediciones en Danza, 2012). Practica el psicoanálisis y fue Profesor Titular en la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Tucumán. Poemas suyos han aparecido en diversos diarios y revistas del país. También publicó Ensayos Analíticos (2000).


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