SUBIR POR CURIOSIDAD

Cuando la literatura argentina vuelve a sorprender al mundo, esta vez mayoritariamente por la pluma de sus escritoras mujeres, la oscuridad incómoda del imaginario de Samantha Schweblin resuena vivamente junto a los de sus colegas Mariana Enríquez, Dolores Reyes, Gabriela Cabezón Cámara o María Gainza (pero los nombres son muchos más). Con motivo de sus recientes premiaciones, Sin Miga acerca a sus lectores y lectoras una breve semblanza de Schweblin. Que sirva de estímulo para una lectura tan inquietante como apasionada.
SUBIR POR CURIOSIDAD
por María Dolores Guerra
Toco las piedras, busco el nudo. No hay arrepentimiento, a estas alturas lo hecho, hecho está. Es curiosidad. Desato la soga y las piedras se desprenden. La caída provoca un sismo cerca de mis pies, que se despegan lentamente de la tierra. Quedo ahí como flotando, sin saber qué hacer. Y es entonces, en ese momento, cuando recuerdo haber pensado ¿y si esto es todo? Dudar suspendida el resto de la eternidad: el primer miedo real que tuve este día. No ser capaz de avanzar ni de retroceder, nunca más, en ninguna dirección.
Bienvenidos a la comunidad, Samanta Schweblin.
Habitar el tiempo
Cuando, en su discurso de agradecimiento por el Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana, Samanta Schweblin declaró que siempre soñó con tener un sueldo mensual, no se refería a un deseo aspiracional, sino a la posibilidad de alcanzar estabilidad económica. Es decir, a vivir sin la incertidumbre de llegar a fin de mes.
Ese deseo implicaba algo más profundo: la posibilidad de decidir sobre su tiempo y su forma de vida. Recién cuando sus condiciones laborales mejoraron, en Alemania, pudo dedicarse a la escritura con la exigencia que esta práctica demanda: trabajo sostenido, disciplina, búsqueda, reescritura, concentración y gestión editorial.
Recientemente galardonada por su cuento “Bienvenidos a la comunidad” —traducido como “Welcome to the Club”— con el Premio O. Henry, que distingue relatos breves por su autenticidad y originalidad, su narrativa la posiciona como una referente universal del relato breve, tal como William Faulkner, Truman Capote y Raymond Carver.
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Más allá de los géneros
Schweblin, quien reside en Berlín desde 2012, se pregunta cómo habría continuado escribiendo si aún viviera en Argentina. Si bien las condiciones materiales y simbólicas inciden en la escritura de las mujeres latinoamericanas, en su obra se produce un desplazamiento: la centralidad ya no está en los personajes ni en las tramas, sino en el trabajo lingüístico del narrador.
Categorizar El buen mal en términos genéricos implica reducirlo a taxonomías rígidas que limitan la experiencia de lectura. Lo extraño no irrumpe: forma parte de la lógica del relato. El gótico, con sus personajes fatales y atmósferas sombrías asociadas a ciertos consumos culturales, está ausente en los escenarios domésticos que construye la autora.
La incomodidad surge, más bien, al comprobar que la vida continúa sin que nada extraordinario la altere, ni siquiera la muerte. El mal no está regido por decisiones éticas. El relato toma distancia tanto de la perversidad como de la victimización: somos espectadores de tragedias cotidianas.
Se trata de una vida a la que muchas personas se aferran, ya sea por la curiosidad de saber cómo continúa o por la resignación de aceptar el transcurso del tiempo, como ocurre con la protagonista del cuento que abre la obra.
Así, la escritura de Schweblin no puede reducirse a clasificaciones genéricas promovidas por un mercado que insiste en fórmulas de lectura para las producciones latinoamericanas. Su poética se desplaza hacia una zona inestable, donde el narrador se vuelve el verdadero conflicto.
Lo que tradicionalmente, en el fantástico, se presenta como irrupción de lo extraño, en El buen mal aparece como una continuidad inquietante. Si Pájaros en la boca contenía el germen de su narrativa, su obra más reciente radicaliza ese movimiento: desplaza la centralidad de la trama hacia una exploración del lenguaje, las voces y las focalizaciones.
La crisis del narrador
¿Qué pasaría si ilumináramos una habitación a oscuras hasta volver visibles sus objetos en toda su vulnerabilidad? ¿Con qué nos encontraríamos?
Tal como sostiene Carl Jung en su célebre frase —“Uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad”—, en estos relatos se confrontan las sombras de aquello que suele permanecer oculto.
Los personajes hablan de lo latente, de lo que persiste en el tiempo: el sobreviviente que narra la muerte de otro, la suicida fallida, la que regresa en busca de una explicación años después. Se trata de un tránsito constante entre la sombra y la luz.
El buen mal plantea así un dilema que excede la trama y los personajes, e incluso los marcos del fantástico o el terror: un devenir sin opuestos, donde la muerte aparece integrada a la vida. ¿Qué ocurre cuando la experiencia ya no puede ser contenida por las formas tradicionales del relato y solo encuentra expresión en una voz que oscila entre la conciencia y el inconsciente?
En “El ojo en la garganta”, la autora construye un narrador que desestabiliza las categorías clásicas: la voz de un bebé, suspendida en un accidente doméstico, narra desde un umbral imposible. No se trata solo de una elección extraña, sino de una operación sobre el lenguaje: la voz no representa una interioridad, sino que la produce en el acto de narrar.
En este punto, la experiencia ya no se sostiene en la lógica de la trama ni en la psicología de los personajes. Es la voz —vacilante, fragmentaria, incluso ajena a sí misma— la que organiza el sentido y, al mismo tiempo, lo pone en crisis.
El extrañamiento, entonces, no proviene de un acontecimiento extraordinario, sino de la imposibilidad de fijar un lugar desde donde hablar. La voz narrativa queda suspendida, integrando vida y muerte en un mismo plano.
Así, lo real ya no aparece como estable, sino como profundamente incierto.
Cuando el transcurrir se vuelve insoportable —como en “Bienvenidos a la comunidad”, con el suicidio fallido de una ama de casa, o en “El superior hace una visita”, donde una mujer herida duda incluso de si sigue viva— emergen preguntas incómodas:
¿qué nos retiene en una rutina permanente y absurda? ¿qué nos impulsa a salir a la superficie, a flote, ante la decisión de terminar el martirio, “la insoportable levedad del ser”? ¿qué nos detiene y nos atrapa en la realidad?
Imagen de tapa: captura editada de la tapa de El Buen Mal, de Samanta, Schweblin. Penguin Random House, 1era Edición. 2025.