LAS HERIDAS DEL LENGUAJE

LAS HERIDAS DEL LENGUAJE

ZURCIDOS

Conocí a un hombre que intentaba apaciguar su vínculo con el mundo a través del sexo como única respuesta a lxs otrxs.

Conocí a una mujer que resistía a que su pareja le metiese la cabeza en la heladera para golpearla, porque era el único instante en que pensaba solamente en ella.

Conocí a un hombre que sólo sabía amar al último de sus hijos, así que genitaba sin descanso para poder ubicar su amor en algún sitio.

Conocí a una mujer que se inventaba virtudes para intentar causar interés en alguien, en cualquiera, en quien fuera.

Conocí a un señor que pudo ser feliz a los 80 cuando conoció el amor, la poesía y la marihuana en un mismo día.

Conocí a un nene que escribía todo el día historias de dragones, porque sabía que así él podría matarlos cuando quisiera.

Conocí a una nena que me pedía que le dibujase flores en los papeles de los caramelos así teníamos un arte secreto de las dos guardado en un farol viejo.

Conocí a una señora que a los 68 años tuvo por primera vez un cuarto para ella, y me llamó por teléfono temblando desde su nueva cama: me dijo que era cierto que esa libertad chiquita olía tan bien como yo le había contado.

 

Para que cada rotx y cada descosidx tenga donde zurcirse es que hay que hacer del error el centro de todo.

Como me dijo un hombre que conocí.

 

 

Fotografía: Guillermo Mayoral.

 

LAS OTRAS HERIDAS

“Mecha” era la estrafalaria del pabellón. Deambulaba por los pasillos y por el jardín del hospital repitiendo letanías complejas que sus compañeras no entendían mucho.

De familia aristocrática, había sido llevada al sitio luego de haber golpeado a un policía en plena calle, mientras le gritaba que “si viniste a buscarme a mí, deciles que van a tener que hacer mucho más que mandar a un pelotudo como vos”. Parece que golpeaba fuerte Mecha porque el oficial terminó con una ceja partida y un diente salido. De la calle a la comisaría, de ahí al hospital en un rato. Parece que ya le había partido el morro a uno de la aeronáutica en una fiesta familiar. Era mucho todo eso para la familia.

No podía seguir su relato deshilvanado entre citas literarias exactas y su vida que contaba a retazos. Era cultísima y desobediente.

“Soy hija de una madre chupacirios que fue una fábrica de crearme conciencia moral, y de un padre ausente” me decía mientras medía el efecto de cada palabra en mí. Me desafiaba citando poetas, filósofos, escritores. No podría respetarme si yo no había leído todo lo que me escupía cada vez. Me midió y un día me dijo que daba con la vara. Así que empezó a hablarme de ella.

“A mí me tocó la parte de la barbarie en mi familia” decía como razón de “los excesos” que siempre pagó con el rechazo de su familia.

Dos carreras universitarias y un doctorado. Militancia política. Una adolescencia que la familia no dudó en calificar como salvaje, por lo cual cedió parte de sus funciones a hospitales de día y hospitales psiquiátricos “en las mejores clínicas donde te clavan de todo para hacerte pasar al reinado de la botánica, pero te acuestan en lindas camas”, como decía.

“Vos sos demasiado exquisita para estar acá, yo estoy porque amo la parte sucia y eso tiene consecuencias”.

Entonces hablamos de su predilección por lo sucio del amor, esa “mugre que mi madre nunca puso en juego conmigo: su amor fue aséptico. Jamás me tocó, ni me abrazó, no me hizo cosquillas, no hubo mocos en la cama ni sudores de estar enredadas jugando. Su amor fue pura vigilancia y limpieza”.

A sus quince, la llevaron a un convento luego de haberla encontrado en una “casa de gitanos adonde me fui tras el amor sucio de un morenazo de veinte, pero había muchos más como él en ese sitio”. Se escapó del convento y su debut en los hospitales fue un hecho. Decidió refugiarse en la Academia donde hizo dos carreras al mismo tiempo, en seis años. Luego, el doctorado, porque “si estudiaba mi familia no me rompía las pelotas”, así que su departamento en Recoleta se convirtió en refugio de cierta intelectualidad de entonces. Y fue muy feliz un tiempo, mientras la Academia le servía de parapeto contra la vigilancia familiar.

Un día la vi venir hacia mí con una sonrisa distinta. Me dijo que había soñado con que yo traía una valija llena de cosas para “curarme las heridas del lenguaje”. No importa cómo siguió, sólo recuerdo que fue una de las mejores cosas que me dijeron alguna vez.

Curar las heridas del lenguaje. Hermosa valija ésa.

 

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Patricia Calo Lustres
Licenciada en Psicología por la Universidad de Buenos Aires. Psicoanalista, con formación en perspectiva de género. Feminista. Aprendiz de escritora.

Imagen de tapa: Fotografía de Guillermo Mayoral.

Guillermo Mayoral
Fotógrafo artístico.  Bellas Artes en MEEBA. Fotografía publicitaria en la Escuela de Fotografía Publicitaria y de Moda FOTODESIGN. Iluminación de Modelo con Alfredo Willimburgh.

 

 



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