Letras vanas

Letras vanas

Letras vanas

Por Ricardo Ezequiel Gandolfo

 

Abramos este escrito con una advertencia: nada de lo que aquí se diga debe ser tomado como un manifiesto. No es una nueva corriente literaria, no es una propaganda nihilista y ni siquiera es una broma. Son, simplemente, reflexiones que no descartan que los usos contemporáneos puedan dar a la literatura finalidades muy diversas. Es posible decir, por ejemplo, que gracias a esa novela que presté y que después me junté a comentar, logré seducir a ese hombre o a esa mujer y obtuve así mi cuota de felicidad. También ese escrito me convenció de luchar política y militarmente contra un régimen de opresión y así alcanzar la liberación de un pueblo o, finalmente, es por haber leído ese cuento que supe cómo actuar en tal o cual circunstancia, lo que me ahorró muchos sinsabores. Todas esas afirmaciones son verdaderas, todas son igualmente falsas. Porque no es la literatura la que enamoró, la que hizo la revolución, la que decidió una conducta ética, aunque un libro, un poema puedan haber estado enredados en esos menesteres, pero no como causa sino como excusa, no como finalidad, sino como lo que acompaña sin decidir, lo que embellece sin modificar, lo que entristece sin adherirnos a un destino trágico.

Más frecuente es que decididos escritores revolucionarios sean, en la intimidad, rabiosos capitalistas inhumanos, profundos poetas del amor, extremos locos incapaces de tender un puente hacia los semejantes, audaces novelistas de la vida moral, terribles incompetentes para tomar una decisión profunda. Casi siempre lo que escribimos es lo que no somos, lo que secretamente ansiamos ser, lo que está fuera de nuestras posibilidades reales, lo que la fantasía y no la realidad, nos dicta, a pesar de que hagamos literatura realista. El ser personal del escritor no suele ser ni mejor ni peor que el de cualquiera y tomar como guía ético a un escritor es, por lo menos, problemático.

Pero entonces ¿para qué sirve la literatura? Si preguntamos desde un punto de vista utilitarista, a lo John Stuart Mill, debemos decir que para nada. Pero también podemos interrogar desde una óptica más amplia, más pragmática, y la respuesta resulta sorprendente. La literatura sirve para producir un deleite que, siendo inútil, es, sin embargo, necesario a cualquier ser humano.

¿Qué es ese goce que obtenemos al abrir un libro? ¿Cuál es esa satisfacción secreta que nos recorre al atravesar un poema, leer una novela o cuento, asomarnos a una representación teatral? ¿Qué placer subterráneo nos recorre al asistir a dramas terribles o historias prodigiosas que por el horror de lo que cuentan deberían hacernos huir espantados?

Algo de satisfacción debe haber para que volvamos una y otra vez a transitar esa novela que nos encantó hace unos años o releer ese poema que todavía nos emociona genuinamente. Sigmund Freud, que del placer de leer sabía bastante, afirmó una vez que era un placer que – a diferencia de otros – nos acompañaba hasta el final de nuestra vida. Y que, aunque inferior a los “grandes” goces de la existencia, era, sin embargo, constante y sostenido. Y extendía este placer a la lectura de textos científicos, cosa bastante rara para muchos de nuestros contemporáneos, que ya no resisten ni una página del diario local, por mal escrita que esté.

Leer es, sin duda, una de esas actividades que nos hace verdaderamente humanos. No sólo porque nos conecta con una acción que no tiene utilidad alguna, sino porque nos sumerge en un mundo alternativo, un mundo literario, donde pasan cosas sorprendentes y nos encontramos con personajes decisivos.

Y lo digo sin despreciar ninguna de las formas modernas de lectura, al contrario. Se puede leer en internet, solamente, pero leer. Se puede atravesar la novelística mundial mediante el lector electrónico, maravilloso invento que nos permite acceder a cientos de textos que de otra forma hundirían nuestras bibliotecas bajo su peso. Y, además, transportarlos de un lugar a otro casi sin dificultad alguna. Los lectores “clásicos” abominan de esta forma fría y expeditiva de leer y añoran el olor del papel, el peso de los libros, en suma, la relación con el objeto, cosas todas muy estimables y ligeramente melancólicas. Pero la practicidad de un lector electrónico, con su maravillosa luz que permite leer de noche sin fastidiar a la compañera del lecho (o al compañero) y su capacidad enorme para guardar gran cantidad de libros, son cosas dignas de elogio.

Leer, en suma, en cualquier lado y con cualquier método es un prodigio. No concibo un mundo sin literatura, sin libros que nos hagan concebir otros mundos (que bien, sin saberlo, pueden ser los nuestros), que nos dupliquen y nos desdoblen y nos hagan vivir cientos de vidas como sólo los escritos pueden convocar, cómo sólo los autores pueden hacer surgir.

Roto el universo de la utilidad, que parece inevitable en estos días, queda sin embargo el vasto mundo de las significaciones, que, a diferencia del anterior, no tiene los límites de una serie de instrucciones, ni la palidez de una serie de botones que nos permitirían acceder a una ilusoria felicidad. Por el contrario, el mundo de las significaciones es ambiguo, inquietante, alegre y provocador. Nos vuelve jóvenes por un instante y, si lo somos, nos otorga sin culpa alguna una sabiduría prestada, pero no menos valiosa.

Leer, también, hay que hacerlo solo por gusto. Se entiende que haya lecturas obligatorias por nuestros oficios o profesiones o trabajos. Pero la lectura de verdad es la que se disfruta, la que apasiona y entristece, la que provoca terror y la que alegra y dignifica nuestras vidas.

Por esta última razón, desconfío de los lectores profesionales. Los que hablan maravillas de Joyce a pesar de no entender ni gozar de ninguna de sus complejas páginas. Los que alaban las opiniones políticas o cotidianas de Borges, pero jamás se asomaron a los mundos de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius o al vértigo de El Aleph. Leer, hay que leer por gusto y más allá de modas y de devociones, inclusive con los autores recientes. El gusto es algo misterioso y frágil, donde pueden convivir Cervantes y Raymond Chandler, donde no es la obligación de parecer inteligentes o cultos lo que nos hace abrir un libro, sino el placer obtenido por el recorrido por la lengua que habitamos y que nos entusiasma y nos convoca.

Dicho esto, recomiendo la lectura de una serie de poemas llamados Los Autos (Poemas a cuatro ruedas), donde numerosos autores argentinos, latinoamericanos y europeos hablan de rutas, velocidades y desvíos. Fue publicado por Ediciones en Danza, en 2017.

 

 


Ricardo E. Gandolfo
Nació en Las Termas de Río Hondo, en 1953. Se licenció en Psicología en 1976. Ha publicado Diario de Babel (Sudamericana, 1981), Ajenos al Vecindario (antología en colaboración, Último Reino, 2009) y Bazar Japonés (Ediciones en Danza, 2012). Practica el psicoanálisis y fue Profesor Titular en la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Tucumán. Poemas suyos han aparecido en diversos diarios y revistas del país. También publicó Ensayos Analíticos (2000).

 



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