Todos los mundos de Charly

Todos los mundos de Charly

Todos los mundos de Charly

por Fabiola Orquera (CONICET-INVELEC)

 

Los compañeros de Carlos Alberto García Moreno comenzaron a llamarlo Charly porque así le decía su profesora de inglés en el colegio Dámaso Centeno. Creo que, además, el sobrenombre que adoptó desde su temprana adolescencia instaura una conexión con ese otro gran decodificador de la historia de su tiempo, Carlitos Chaplín. Porque siempre resuena algo chaplinesco en la sensibilidad con la que absorbió las tragedias que lo atravesaron, desde el largo viaje que hicieron sus padres a Europa cuando era un niño pequeño –angustia que le dejó como secuela el vitíligo y su bigote bicolor- hasta su paso por la “colimba”, la experiencia atroz de la última dictadura y el infierno de las internaciones por adicción a las drogas.

Para sobrevivir a esas situaciones límite –como las llamaría el filósofo Karl Jaspers- él apela a la creación, generando una poética por un lado melancólica y agónica y, por otro, inmersa en el tormentoso oleaje de su tiempo, impregnada en erotismo y una extraña pulsión a reencontrarse con la vida al filo de la muerte. Como el famoso salto desde el noveno piso que protagonizó en Mendoza, huyendo de la policía que golpeaba a la puerta de su habitación del hotel. Una reflexión sobre esa experiencia daría lugar a “Me tiré por vos”, donde el carácter supremo de su amor apunta a hacer temblar los falsos cimientos de la sociedad, y “A punto de caer”, tema que interpela al oyente: “Salta, sé feliz… para qué fingir, no vale la pena…”

Su poética está habitada por payasos, ya sea como sujetos de perversión –“mientras el payaso hace la red”- o como víctimas de esas redes, como en la “Ruta perdedora” -del LP “Películas (1977), de ese mítico grupo que fue “La máquina de hacer pájaros”-: “Sé que nunca seré un buen payaso / sé que mi vida es triste, y que vivo con dolor…/ sé que a veces ni siquiera, soy yo / Y no sé quién es el tonto en el espejo / y mi alma no me quiere y se va lejos…/ Y busco mi nombre en las paredes / y me escapo con todos los trenes / y en las calles me persigo sin razón / Por las calles tu filosofía, / ‘Bienvenidos a la ruta perdedora’”. Charly se presenta aquí con su dolor de artista incomprendido, que llega desde lo profundo de la comedia dell’arte para encarnar la subjetividad de un adolescente arrojado a la calle desde el seno de una familia “bien” por haber elegido el hipismo y la vida de artista. Es el poeta de “Quizás porqué” o el Pierrot en “Gaby” -el tema de autoría de Carlos Pieggari- que canta el famoso dúo Sui Generis, conformado junto a Nito Mestre. Los personajes de estos temas pagan con el rechazo social el desafío al mandato familiar y la opción por una vida bohemia, como también le sucede al protagonista de “Confesiones de invierno”. Eran las épocas de vida en una pensión junto a María Rosa Yorio –ella lo cuenta muy bien en su libro, Asesíname-, en las que el dúo recorría inútilmente las compañías discográficas, antes de ser descubiertos por el productor Jorge Álvarez, fundador del sello Mandioca, donde grabaron los primeros grupos de rock nacional.

Es que hay una dimensión definitivamente sacrificial en la poética de García. Esto es algo que se puede advertir en “Rezo por vos”, escrito en coautoría con su entrañable amigo Luis Alberto Spinetta, para un proyecto en común que fue interrumpido por un incendio en el departamento de Charly mientras estaba en un estudio de grabación –lo que dio lugar al tema “Estaba en llamas cuando me acosté”, del álbum SNM-. El trasfondo místico cristiano es otro de los muros contra los que se estrella su poética. La idea romántica de que el artista se perfecciona a través del dolor, aprendida de su maestra de piano, la señorita Sandoval, aparece después como angustia existencial ante la pérdida de Dios o de algún paraíso sin duda asociado a la infancia –como en “Dime quién me lo robó”-, o como pregunta por el fariseísmo, en temas como “Treinta denarios” -con recitado de Alfredo Alcón- y la invocación a protección divina en código de creyente rebeldía, en “Ángeles y predicadores” -ambos temas grabados junto a Pedro Aznar mientras atravesaba una traumática internación, dando lugar a Tango 4-.

Charly alcanza sin duda una dimensión mítica no sólo por la descomunal envergadura de su obra, sino también por su salto al vacío, que dejó en evidencia su imprevisible determinación en tiempos en los que la sociedad argentina, a diferencia de los jóvenes de su generación, había entrado en la dictadura del consumo y una creciente indiferencia ante el sufrimiento de los demás. Él es el que se animó a vivir sin disfraz, al desnudo, en una actitud que trae reminiscencias del cuento de Andersen “El traje nuevo del emperador”, en cuanto Charly se define por su capacidad de ver sin tapujos, como sostiene en la frase de “El tuerto y los ciegos” –“la mediocridad para algunos es normal / la locura es poder ver más allá”-. En esa instancia instala la dimensión del enigma, que atraviesa los momentos de su obra relacionados con la transgresión del tabú y una rara conexión con el misterio, como en Bubulina, de “La máquina”, tema cargado de hermetismo, como “esa puerta no debiste abrir, pero ya abierta es tan real”…”- o en Eiti Leda –“Quiero verte desnuda / el día que desfilen los cuerpos / que han sido salvados, nena / por alguna autopista / que tenga infinitos carteles / que no digan nada…”.

En efecto, desde Sui Generis hasta Porsuigieco –la banda en la que participaron Nito Mestre, María Rosa Yorio y León Gieco y Raúl Porchetto, que grabó un único y maravilloso LP- y La máquina de hacer pájaros, la imaginación de Charly provino en gran medida de cuentos maravillosos y mitos clásicos, cuyas referencias suelen aparecer en sus composiciones. En cierta forma sus canciones subliman la caída del mundo de la primera infancia en la realidad, que expulsa a quien se anima, como Charly, a desafiar las reglas establecidas. Para elaborar esa yuxtaposición su poética se puebla de seres fantásticos, como hadas y cisnes, brujos, reyes, locos, espejos, sortijas, caballos de madera, gatos de metal, jardines encantados y, sobre todo, mujeres mágicas que cuentan con la extraña condición de conocer algo más, como en “Bubulina” –“Diosa y heroína”- o “Adela en el carrousel” -“Adela en el más allá / Es una estrella clandestina / Que ilumina los despojos de amor // Él solo quiere mirar / La calesita de los sueños / Que se fueron y ya no volverán”. Justamente, la persistencia de esta imaginería es lo que percibe Renata Shussheim cuando hace la tapa del LP Música del alma, registro del extenso recital de García en el Festival del Amor, en 1977, que reunió a los integrantes de las tres bandas que había tenido hasta entonces. El dibujo representa al músico con pelo largo y moño de mariposa entre seres maravillosos a su alrededor.

Algo del orden de lo heroico queda en él, en cuanto su sensibilidad lo ubica en una dimensión sublime de la música y la poesía -“Música del alma”, “Alto en la torre”, “Ah, te vi entre las luces”-, desde donde mira con feroz clarividencia los extremos de la realidad. Del mismo modo, Charly incorpora el mundo del cine, que le provee de material abundante para su inagotable fantasía, como en “Marilyn, la Cenicienta y las mujeres”, donde además alude a la censura y al páramo intelectual de la dictadura, al preguntarse “¿Qué se puede hacer / salvo ver películas?”, o en Cinema Verité, donde se representa a sí mismo como el voyeur de una sociedad falsa, guionista o cineasta que escribe canciones en vez de hacer películas -“él sabe cómo impresionar, caminando como Tarzán / él es Eva y ella Adán / y yo estoy en cualquier planeta…”-, o en “Ella es tan Kubrick”, de Random, donde alude a la represión de los instintos artísticos que ejercen los padres en las adolescentes-. En El Aguante cuenta en tres estrofas como el arte puede suavizar levemente el sufrimiento cotidiano: “Pedro trabaja en el cine / vendiendo chocolatines / y en su película es el héroe / de un final feliz /(…) / El intervalo le dice / Que llegó la parte triste / Todo acaba / cuando se enciende la luz…”

Ahora bien, Charly no sólo tomó de los cuentos maravillosos sus fórmulas y personajes, sino que aprendió el uso de las alegorías, la creación de metáforas oníricas y el acto mismo de narrar, transponiendo esos recursos a historias referidas a su propio mundo. “Se acabó ese juego que te hacía feliz”, dice en “Canción de Alicia”, porque la realidad puede ser una película de terror. En efecto, fiel a su naturaleza oracular, lo insondable garciano jamás se detiene ante lo siniestro de la historia que le toca vivir. Si en “Amigo vuelve a casa pronto” –en el LP Confesiones de invierno, también de Sui- ya pregonaba la amistad como protección ante los tiempos por venir –“sabemos que pronto va a llover fuerte / mejor estemos juntos, es saber”- en Instituciones (1975) apunta directamente a develar la perversión de estructuras como el matrimonio, la justicia, la censura, la educación y a la responsabilidad de cada ciudadano en la violencia que estaba comenzando a arreciar en el país -“tengo unos muertos / todos aquí, quién quiere que se los muestre / unos sentados, otros de pie / todos muertos para siempre / elija usted en cuál / de todos ellos se puso a pensar…”-. Más adelante, ya en plena dictadura, no dejará de referirse a lo que estaba sucediendo, dando ánimo al que la atravesaba –“No te dejes desanimar”-, hablando del miedo cotidiano –“cuando la noche, te hace desconfiar / yendo por el lao del río / la paranoia es, amigo tu peor enemigo”, dice en “Hipercandombe”- o cifrando en la conocida alegoría de Lewis Carrol -matemático, como su padre- el significado tenebroso de las persecusiones, cárceles y desapariciones perpetradas por el terrorismo de Estado, en “Canción de Alicia en el país”, que cantó con Serú Girán. En el mismo tono, en su etapa solista siguió elaborando el duelo en canciones melancólicas, como “Los dinosaurios”, “Plateado sobre plateado (Huellas en el mar)” o de ritmo frenético, como “Cerca de la revolución” o “Demoliendo hoteles”. Y logró que la gente conjurara ese pasado en el grito colectivo de “Yo que crecí con Videla” o se reencontrara en una fiesta después de la pesadilla –“Por eso mírame a mí, tratando que se muevan esos pies / bajo la luz, cantando hasta el amanecer / no te quedés, en casa que el baile va a empezar / quiero verte, verte otra vez”-. En esa tónica, se cantaron historias de amor, como en Seminare, ese himno que reclama por un regreso del poder de los sentimientos por sobre la tiranía que el consumismo comenzaba a ejercer en las subjetividades.

Ese Charly que mira tratando de entender es el que otras veces se conecta con la atracción de lo incierto, desde la enigmática “Quiero ver, quiero ser, quiero entrar” de Porsuigieco al registro de los amores esporádicos y casi fantasmales que surgen en la alienación de las ciudades, como en “Amo lo extraño” –“desde hoy, desde ayer / desde siempre, en los subterráneos // en los extraños, / puedo amar, puedo ver / el fulgor de lo imaginario”-, o en “No soy un extraño”, donde vuelve a aparecer la condición del que percibe una escena desde fuera –“Y yo los miro sin querer mirar / enciendo un faso para despistar / me quedo piola y empiezo a pensar / que no hay que pescar / dos veces con la misma red”.

Entre las llamas, el salto al abismo y la irrefrenable búsqueda de libertad, Charly se animó a incursionar en la dimensión imaginaria, que no se ve, pero se deja percibir a través de las heridas que infringe. Miró a la muerte frente a frente -Viernes 3 AM, Suicida- y encontró ángeles en sus musas. Entre ellas aparece Mercedes Sosa, a quien conoce desde su niñez, cuando su mamá producía Argentinísima e invitaba a los músicos a reuniones a su casa. De ahí la relación entrañable que los unió y que los llevó a grabar el álbum “Alta fidelidad”, quedando como muestra de afecto la modificación que hizo la Negra de la palabra “agonía” de la versión original de “Cuchillos” por “alegría” -“Cuando el cristal / se apague en el mar, / verás / que toda esta canción es alegría”-.

Quizás este cambio haya signado el viraje del Charly sufriente de los años noventa al que curó las heridas, ayudado por otro tucumano, Palito Ortega, para volverse a encender de amor este 23 de octubre, cuando todo el país lo celebra cantado “Inconsciente colectivo”. Nadie como él hizo cantar a todo un país frases “los aleros de la mente” y rezar por los “hambrientos los locos, / los que se fueron / los que están en prisión, refiriéndose a los presos de la dictadura. Con sus canciones nos mostró que sólo el arte permite procesar todo dolor, haciendo de la música una “máquina de ser feliz”.

 

 

 

(*) Esta nota fue publicada previamente en El Tucumano
https://www.eltucumano.com/noticia/opinion/277197/todos-los-mundos-de-charly?dnd=nota


Fabiola Orquera
Investigadora CONICET y Coordinadora de la Red de Estudios Interdisciplinarios en Culturas y Regiones (REICRE). Editó Ese ardiente Jardín de la República. Formación y desarticulación de un campo cultural. Tucumán: 1880-1976 (Alción, 2010) y La selva, la pampa, el ande. Vías interiores de la cultura argentina, junto a Radek Sanchez-Patzy (EDUNSE, 2019) y publicó artículos académicos sobre obras de Gerardo Vallejo, Chivo y Leda Valladares, Atahualpa Yupanqui, Gerónima Sequeida y Pepe y Gerardo Núñez, destacándose From the Andes to Paris: Atahualpa Yupanqui, the Communist Party and the Latin American political folk song movement, en Red Strains (The British Academy and Oxford University Press, 2013). En 2015 fue distinguida como “Mujer destacada en la cultura” de la Provincia de Tucumán. Vive y trabaja en San Miguel de Tucumán.

Ilustración: SAY NO MORE, Juan Emilio “Oso” Rossello, 2008.


Juan Emilio 'Oso' Rossello
Conocido cariñosamente como “El Oso”, nació el 21 de septiembre de 1978. Ilustrador, historietista, diseñador gráfico, músico y docente universitario. Integrante de la Unhil (Unión de historietistas e ilustradores) y uno de los organizadores del Encuentro Tintanakuy.

 

 



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