MILITARIZACIÓN, CONTROL Y DESPLAZAMIENTO

MILITARIZACIÓN, CONTROL Y DESPLAZAMIENTO

MILITARIZACIÓN, CONTROL Y DESPLAZAMIENTO

La experiencia de las colonias de ingenio tucumanas

por Constanza Cattaneo y Bruno Salvatore

 

 

Unimog del Ejército en el Sur Tucumano. Año 1975. Fuente: Archivo La Gaceta

Se cumplen 50 años de la última dictadura militar, un período en el que nuestra provincia fue uno de los principales escenarios de la violencia estatal. Al igual que en el resto del país, aquí se instalaron numerosos centros clandestinos de detención distribuidos en distintos puntos del territorio. Espacios como escuelas, comisarías, universidades, predios militares e ingenios azucareros fueron utilizados para la reclusión ilegal de miles de personas que hoy permanecen desaparecidas.

No obstante, la violencia no se limitó a lo que ocurría dentro de estos lugares. El ejercicio del terror y el disciplinamiento social, implementados a través de diversas estrategias, constituyeron herramientas centrales del accionar militar. Esto se manifestó con mayor intensidad en la zona rural del sudoeste de la provincia, especialmente a partir del inicio del Operativo Independencia en febrero de 1975. En ese contexto, el territorio fue ocupado por fuerzas de seguridad, y la población local quedó sujeta a diversas prácticas de control y disciplinamiento basadas en el ejercicio del terror estatal.

En este sentido, recuperar la memoria de cientos de pobladores que, sin haber sido detenidos en centros clandestinos, también fueron objeto de diversas formas de violencia, constituye una tarea fundamental de cara a un nuevo aniversario del último golpe de Estado. Esto permite comprender que las modalidades de violencia desplegadas fueron múltiples y, en consecuencia, también lo fueron las personas y comunidades afectadas.

La zona montuosa, intervenida desde 1975, adquirió una centralidad progresiva dentro del imaginario represivo. En este marco, las Fuerzas Armadas construyeron al monte tucumano como el centro de su estrategia militar, es decir, como el espacio donde se libraría una supuesta “batalla decisiva” contra la denominada “subversión”. De este modo, el territorio fue configurado como una “zona de operaciones” (Garaño, 2011), en la que no solo se intervino materialmente el espacio, sino que también se buscó imponer nuevas formas de organización territorial, social y de existencia.

Este contexto provocó un cambio profundo en la vida de los pueblos tradicionalmente vinculados a los ingenios azucareros. Entre los múltiples asentamientos, las colonias de ingenio fueron particularmente afectadas por la violencia ejercida por el ejército, dando inicio a un período de violencia sin precedentes en la zona. Esta violencia se manifestó en diversas escalas: la ocupación de viviendas, el robo de pertenencias, las persecuciones, los desplazamientos forzados, los secuestros, la violencia dirigida hacia las mujeres y la desaparición de cientos de pobladores de las colonias.

Este período contó con la participación de todas las fuerzas represoras, comenzando con la Policía Federal y luego con la Gendarmería y el Ejército. Los ritmos de vida de la población sufrieron un cambio sustancial, progresivo y a gran velocidad. Los obreros que trabajaban en el surco, iniciando sus jornadas mucho antes del amanecer, debieron ajustar sus horarios a los establecidos por el ejército. Se implementó, además, un tipo de empadronamiento de la población vinculada al trabajo azucarero, conocido como la “Operación Zafra Feliz”. Al inicio de la cosecha, se realizó un registro completo de los trabajadores golondrina siguiendo una lógica similar a la de los censos poblacionales, pero llevado a cabo por la patronal bajo la supervisión del Ejército (Jemio, 2019).

Por la noche, el toque de queda restringía la circulación, lo que modificó drásticamente los hábitos y las formas de moverse en el territorio. El control también afectó a las familias vinculadas a los almacenes de proveeduría, quienes estaban sometidas a revisiones diarias de stock y libretas de ventas, bajo la sospecha de que pudieran colaborar con el Ejército Revolucionario instalado en la zona.

Los espacios que antes funcionaban como lugares de encuentro y de vínculo social, se transformaron gradualmente en escenarios de secuestros y detenciones. Este proceso alcanzó uno de sus puntos más altos dentro de la estrategia militar de control y disciplinamiento poblacional, cuando las familias rurales que habitaban las colonias de ingenios ubicadas en la zona de operaciones militares fueron desplazadas de manera forzosa hacia nuevas espacialidades de control militar. En este marco, Antonio Domingo Bussi promovió, a través del “Plan de Reubicación Rural”, la creación de cuatro localidades que rememoraban a militares implicados en la represión. En estos espacios fueron reubicadas cientos de familias, que debieron convivir con la presencia permanente del Ejército argentino hasta 1982. Dentro de estas espacialidades militares, las familias sufrieron diversas formas de violencia que, si bien no siempre alcanzaron la intensidad de las padecidas en los centros clandestinos de detención, se prolongaron a lo largo de períodos significativamente más extensos.

 

Inauguración de Teniente Berdina, año 1976. Fuente: Archivo La Gaceta

La militarización de la vida cotidiana y el despliegue de violencia material fueron erosionando y debilitando las redes de relaciones político-sociales y las organizaciones colectivas. Esta situación obligó a los pobladores a adaptarse a una realidad nueva, incierta, insegura y cargada de temor. De este modo, la construcción diaria de una experiencia traumática en el marco de las confrontaciones reconfiguró el espacio, transformó los sistemas de representaciones sociales y alteró la constitución de la subjetividad social preexistente, generando efectos que todavía se perciben en la actualidad.

El impacto de estas transformaciones socio-territoriales no se limitó únicamente a las secuelas de la detención y la desaparición forzada de los habitantes, sino que también se manifestó a nivel espacial, con la desaparición de algunas colonias azucareras —como Negro Potrero, La Dulce y Santa Elena, vinculadas al ex Ingenio Santa Lucía—, lo que implicó la pérdida de los espacios tradicionales donde las comunidades desarrollaban su vida cotidiana. Este fenómeno resulta fundamental para comprender la dimensión de la violencia que implicó la práctica del desplazamiento forzado a pequeña escala. Como señala Palencia Cárdenas (2015), se trata de un concepto complejo y polisémico: las personas en situación de desplazamiento son individuos o grupos obligados a abandonar sus hogares para escapar de la violencia generalizada y de los abusos a los derechos humanos. Son personas atrapadas en un círculo interminable de violencia que, como reacción natural ante las amenazas, se vieron forzadas a reconstruir sus vidas en lugares bajo control militar, donde la vigilancia y las restricciones condicionaban su existencia cotidiana.

Como se analizó en otros países de Latinoamérica —con esta práctica más extendida— los efectos sociales son múltiples y profundos (Palencia Cárdenas, 2015).

 

Presencia del ejército en el interior tucumano. Fuente: Archivo La Gaceta

A lo largo de los años, los espacios donde se encontraban las colonias habían conformado un territorio social específico, en el cual éstas funcionaban como núcleos aglutinadores. Era el lugar de encuentro de distintas poblaciones de trabajadores, escenario de torneos deportivos, de trabajo colectivo en la tierra, del cuidado de los animales y de prácticas solidarias. Estos vínculos, tanto entre las personas como con el territorio, sufrieron un corte abrupto con la llegada de los militares. La vida cotidiana quedó completamente subordinada a las normativas impuestas y, tras los avasallamientos y la constitución de los llamados pueblos estratégicos, muchas de las colonias desaparecieron, llevándose consigo los vínculos sociales que habían sostenido a sus pobladores.

 

 


Bibliografía

  • Garaño, S. (2011). El monte tucumano como “teatro de operaciones”: las puestas en escena del poder durante el Operativo Independencia (Tucumán, 1975-1977). Nuevo Mundo, Mundos Nuevos, 1-20. https://doi.org/10.4000/nuevomundo.62119
  • Jemio, A. (2019). El Operativo Independencia en el sur tucumano (1975-1976). Las formas de la violencia estatal en los inicios del genocidio [Tesis de doctorado no publicada, Universidad de Buenos Aires].
  • Palencia Cárdenas, E. L. (2015). Dimensiones del trauma social en una población en situación de desplazamiento por conflicto armado: Estudio de caso en una comunidad desplazada en los años 2012 y 2013 a la ciudad de Medellín Colombia [Tesis de maestría no publicada, Universidad Nacional de La Plata]

 

Constanza Cattaneo
Arqueóloga (UNT) y Doctora en Arqueología (UBA). Becaria posdoctoral de CONICET. Integrante del Laboratorio de Investigaciones del Grupo Interdisciplinario de Arqueología y Antropología de Tucumán (LIGIAAT/Facultad de Ciencias Naturales/UNT). Docente de Arqueología Argentina II, carrera de Arqueología (UNT). Investiga la conflictividad de la década del 60 y 70 y las formas que adquirió en esta zona la violencia estatal en el poblado de Santa Lucía en el sur tucumano. E-mail: cattaneoconstanza@csnat.unt.edu.ar
Bruno Salvatore
Arqueólogo por la Universidad Nacional de Tucumán (UNT) y Doctor en Humanidades (área Historia) por la Universidad Nacional de Tucumán (UNT). Integrante del Laboratorio de Investigaciones del Grupo Interdisciplinario de Arqueología y Antropología de Tucumán (LIGIAAT). Instituto de Arqueología y Museo (IAM), Instituto Superior de Estudios Sociales (ISES-CONICET). Investiga los traslados forzados y las poblaciones rurales afectadas por el Operativo Independencia y última dictadura militar en Tucumán (1975-1983). E-mail: brunoluciosalvatore@gmail.com

Portada: Rosana FUERTES, Fracción de 30.000. Esmalte s/madera, instalación de pared. Medidas variables. 2011


Rosana Fuertes
Artista visual. Estudió en la Escuela de Artes Visuales “Martín Malharro” de Mar del Plata. Primer Premio de Pintura (1993) y Premio de Premiados (1994), ambos otorgados por la Fundación Nuevo Mundo y Premio Nacional a la Trayectoria Artística (2023). En 1996, fue beneficiaria de la beca John Simon Guggenheim Memorial (New York) y en 1998 recibió una beca de la Fundación Antorchas. Ha expuesto en forma individual en galerías y museos de Estados Unidos, Brasil, Japón, Alemania y Francia. En 1994, participó de la V Bienal de La Habana, Cuba. Formó parte de las exposiciones colectivas como Design as Strategy (Singapur,1998), Déchirures de l´Histoire (Le Crac 19, Montbéliard,2003) y The Disappeared (North Dakota Museum of Art, Estados Unidos, 2005). Vive y trabaja en la CABA.