UN MUNDO FELIZ

UN MUNDO FELIZ

Transhumanismo ¿utopía o distopía? Dependerá de la especie humana porque al futuro sin sufrimiento, al avance por sobre los límites de la propia corporalidad cuyo fin irreductible es la muerte, se le impone también la eugenesia y el racismo como garantía de servidumbre. Y también de muerte, esta vez para los millones de personas que no se hallen al alcance de los avances tecnocientíficos que hoy, tanto nos deslumbran como nos preocupan. Sin Miga te invita a leer este breve ensayo de la Dra. Carolina Araujo, a fin de echar algo de luz sobre estas nuevas incertidumbres y angustias colectivas.

 

 

UN MUNDO FELIZ

Las promesas del transhumanismo

por Carolina Inés Araujo

 

Antes de convertirse en el credo de Sillicon Valley y tema de discusión de foros empresariales, el transhumanismo fue un asunto de familia. Hijo de padres y abuelos biólogos, Julian Huxley continuó el legado familiar, convirtiéndose en uno de los referentes del eugenismo de principios del Siglo XX. En cambio, su hermano menor, Aldous, escribía Un mundo feliz, en donde la ingeniería biológica, la administración de los cuerpos y la fabricación de deseos dibujan un futuro catastrófico y administrado. Entre las ideas de estos hermanos podemos reconstruir las promesas y peligros de la aspiración de mejora tecnológica de la especie humana y también ilustrar dos vías opuestas de acceso al transhumanismo: la que se presenta como teoría o “movimiento filosófico” y la que nos muestra la ciencia ficción. Mientras el transhumanismo con pretensiones teóricas presenta a la tecnología como la respuesta a problemas y sufrimientos profundamente humanos y refuerza la idea de que la mejora de la especie se logrará con la optimización de las capacidades sensibles y cognitivas, el control sobre fuerzas naturales y la longevidad (cuando no la inmortalidad); las distopías nos plantean las críticas a estos escenarios en los que nuevas tecnologías se integran a la vida cotidiana y someten las subjetividades a políticas de homogeneización y rendimiento. En este ensayo, propongo el análisis de la versión teórica del transhumanismo para explorar qué intereses alimentan estas promesas de futuros de felicidad sin sufrimiento.

 

El transhumanismo como posición ideológica

El transhumanismo contemporáneo es una constelación ecléctica de discursos, prácticas e imaginarios orientados a la ampliación radical de las capacidades humanas mediante la intervención tecnocientífica. Aunque pretende alcanzar la apariencia de una teoría tecnocientífica, también se nutre de características más próximas a las creencias religiosas y al misticismo. Así, por ejemplo, Raymond Kurzweil, uno de sus representantes contemporáneos, postula la tesis de la Singularidad (en mayúsculas) que describe el momento futuro en el que las máquinas no solo igualarían la inteligencia humana, sino que comenzarían a superarla y, eventualmente, a mejorarse a sí mismas sin intervención externa. Kurzweil  (que además de escritor, fue director de ingeniería de Google), explica que la capacidad computacional va creciendo exponencialmente hasta lograr modelar, simular y eventualmente reproducir procesos cognitivos humanos y que esta transición no es una posibilidad remota, sino una tendencia estructural del desarrollo tecnológico, cuya fecha estimada se sitúa a mediados del siglo XXI. Los dos libros que dan cuenta de esta predicción son La singularidad está cerca (2005) y la Singularidad está más cerca (2024).

Sin embargo, los defensores actuales del transhumanismo suelen presentar estratégicamente sus interpretaciones de manera diluida, como la continuidad y el avance de las ideas humanistas y la defensa de la posibilidad del progreso y el perfeccionamiento humano a través del desarrollo tecnocientífico. Otro de sus representantes actuales, Nick Bostrom lo describe en tanto movimiento filosófico que continúa ideas que se remontan incluso a la Antigüedad, como en la Epopeya de Gilgamesh (2500-2000 a. C.), a la mitología griega, los cristianos medievales, Pico De la Mirandolla, Bacon, Darwin y Nietzsche, entre otros. Como si el presente desarrollo tecnológico, centrado en la lógica del rendimiento y la necesidad de traspasar los límites antropológicos, hubiera estado prefigurado en las ideas del pasado.

 

Damián MIROLI, S/T. Cañón de vórtices toroides de humo (detalle). 2011. Fotografía: Diego Aráoz

 

Por ello, creo necesario esclarecer el núcleo argumentativo de la corriente transhumanista, a pesar de su carácter heterogéneo y multiforme, para desarticular las estrategias narrativas y el enmascaramiento ideológico que buscan instalarlo como parte de una larga tradición histórica. Conviene en este punto distinguirlo de las reflexiones posthumanistas, que también se interrogan por la tecnología y exploran la hibridez constitutiva de lo humano, las máquinas y otros seres vivos, pero no en el marco de un proyecto de perfeccionamiento individual, sino como una crítica a la figura del “humano” que ha servido de medida universal, moderno, eurocéntrico, masculino y definido por su dominio sobre otras formas de vida.

El argumento central del transhumanismo es que la especie humana es una “obra en progreso”, que se encuentra “medio hacer” y abierta a procesos de modificación, ampliación y eventual superación. El transhumanismo presupone la fusión entre la idea de mejora (enhacement) y la de superación de las limitaciones individuales. El dolor, la enfermedad, la vejez y la muerte se entienden como déficits a corregir mediante innovación. En cualquiera de sus versiones, la atención está puesta en el avance sobre la corporalidad y la conciencia individual: prolongar la vida, aumentar la memoria, la atención y la velocidad de procesamiento mental, como lo señala la Declaración Transhumanista (2009). Este perfeccionamiento busca elevar las capacidades por encima de lo dado biológicamente, lo cual es consistente con lógicas capitalistas de rendimiento, optimización y productividad neoliberales. También se caracteriza por una fuerte defensa de la autonomía individual entendida como derecho a modificar el propio cuerpo y la propia mente, la libertad de poder decidir sobre la incorporación de prótesis, implantes, fármacos o procedimientos de mejoramiento sin restricciones excesivas por parte del Estado o de instituciones morales tradicionales.

Ahora bien, ¿qué podemos recuperar de estos argumentos del transhumanismo? ¿Es posible disputar la noción de “mejora” en otros términos? ¿En qué sentido puede ser útil la aspiración de perfeccionamiento del individuo? ¿Puede definirse el bienestar social a partir de las mejoras propuestas por el transhumanismo? El rastreo de las fuentes e ideas de las que se nutre el transhumanismo no da cuenta de estas preguntas que serían pertinentes en un planteo filosófico que defiende la posibilidad de la mejora humana. La narrativa transhumanista suele adoptar los rasgos de un discurso programático sin rigurosidad conceptual. No presenta discusiones sobre los supuestos que justifica y sus desarrollos teóricos suelen demandar recurrentes peticiones de principios o combinar elementos de distintos órdenes para derivar conclusiones sobre la mejora del ser humano: desde la edad de piedra, al PBI de Inglaterra, Platón y Shakespeare. Por lo que es importante reconocer abiertamente el carácter dogmático del transhumanismo y replantear el interés filosófico en su estudio.

Andrés Vaccari y Jaime Fisher (2020) lo describen como un opiáceo tecnocientífico y argumentan que el transhumanismo aprovecha el atractivo de la promesa tecnocientífica y la vuelve una especie de consuelo simbólico; una narrativa que promete inmortalidad, superinteligencia y superación de los límites biológicos. El paralelo con el opio no se refiere sólo a la anestesia sino también a la seducción de un discurso que ofrece sentido, esperanza y salvación laica en un contexto de desorientación cultural. Agita la bandera del perfeccionamiento en la época de la “caída de los grandes relatos”, “el fin de la historia” y la declinación del ideal del progreso ilustrado. En este sentido, parece condensar las últimas esperanzas en el progreso después de su abandono como ideal humanista.

Sin embargo, si reconocemos el carácter ideológico del movimiento transhumanista, ¿por qué se sigue presentando como una posición filosófica? En buena parte se debe a los intentos de los transhumanistas de inscribirse en la tradición filosófica y borrar o edulcorar los orígenes eugenésicos y sus posibles vínculos con posturas racistas del Siglo XIX y XX (Monterde Ferrando, 2021). Como lo conocemos hoy, el transhumanismo es una teoría reciente y tiene sus claros inicios históricos en las hipótesis eugenésicas, como las de Francis Galton (1822-1911), y el mismo Julian Huxley (1887-1975). Inspirado por su primo Charles Darwin, Galton pensaba que el ser humano podía desarrollar su propio proceso de evolución artificial y propuso la idea de que la “mejora” de la especie humana podía dirigirse racionalmente mediante selección social y biológica, en un período en el que la biología evolutiva se mezclaba con proyectos políticos de ingeniería social. Por su parte, Huxley fue quien acuñó el término “transhumanismo” en 1957 para designar la posibilidad de que el ser humano se trascendiera a sí mismo mediante el uso consciente de la ciencia y la técnica.

 

Damián MIROLI, Máquina prosaica #1 V.2. Péndulos que describen curvas sinusoidales, controlado por electroimanes (detalle). 2011

 

Aunque tomen prestado vocabulario filosófico, las tesis del transhumanismo contemporáneo operan más como proyecciones utópicas o como programas de justificación de políticas tecnológicas que como resultados de una investigación filosófica sistemática. Esta precisión ayuda a evitar una sobrevaloración conceptual del término y permite ubicarlo mejor como fenómeno contemporáneo: una mezcla ideológica de proyecto tecnocientífico, imaginario de salvación y programa de mejoramiento humano. Me refiero, desde luego, a las versiones que se presentan a sí mismas como filosóficas o teóricas, y no a los desarrollos de la ciencia ficción que siguen un derrotero distinto, como lo señalamos al inicio. Como otras distopías, Un mundo feliz puede resultar especialmente iluminadora sobre las consecuencias límites del transhumanismo en la medida en que muestra la ampliación técnica de la vida y de la mente articulada con lógicas de vigilancia, mercantilización de la subjetividad y pérdida de autonomía. Así, la ficción funciona como un contraescenario crítico que expone aquello que su versión hermana intenta ocultar.

Mirar con interés filosófico al transhumanismo implica recuperar las preguntas filosóficas que quedan atrapadas en las seductoras propuestas de soluciones tecnocientíficas: qué perspectivas tenemos de la muerte y el sufrimiento, cuál es la relación entre la técnica y el bienestar, cuáles son los límites del mejoramiento y cómo se inscriben en estructuras de desigualdad social. En todo caso, la discusión sobre la intervención tecnológica en el ser humano podría desplazarse con mayor riqueza hacia el horizonte del posthumanismo, un campo de reflexión que cuestiona la centralidad antropocéntrica, que piensa y explora la hibridez constitutiva de lo humano, evalúa los desastres políticos y ambientales de la defensa del colonialismo y el humanismo eurocéntrico, así como los riesgos ligados al modo de producción capitalista contemporáneo. Este deslizamiento nos sitúa frente a una alternativa distinta: quizás lo que llamamos mejora o perfeccionamiento no consista en superar y traspasar los límites que nos condicionan, sino en aprender a sostenerlos y repensarlos críticamente en un contexto donde el desborde permanente nos está llevando a la destrucción del medioambiente y el sometimiento y explotación de humanos y animales. Quizás, al final, sea el hermano díscolo de la familia al que convenga escuchar con más cuidado.

 


Referencias bibliográficas

  • Bostrom, N. (2003). Human genetic enhancements: A transhumanist perspective. Journal of Value Inquiry, 37(4), 493–506.
  • Bostrom, N. (2011). A history of transhumanist thought. Pearson Longman.
  • Diéguez, A. (2017). Transhumanismo: La búsqueda tecnológica del mejoramiento humano. Herder.
  • Galton, F. (1988). Herencia y eugenesia. Alianza.
  • Humanity+. (2009). The transhumanist declaration. Recuperado de https://www.humanityplus.org/the-transhumanist-declaration.
  • Huxley, J. (1967). Religión sin revelación. Editorial Sudamericana.
  • Kurzweil, R. (2005). The singularity is near: When humans transcend biology. Viking.
  • Kurzweil, R. (2025). La singularidad está más cerca: cuando nos fusionamos con la IA. Penguin Random House.
  • Monterde Ferrando, R. (2021). Génesis histórica del transhumanismo: evolución de una idea. Cuadernos de Bioética, 32, 105.
  • Vaccari, A., & Fisher, J. (2020). El transhumanismo como opiáceo tecnocientífico. En Pensando. Revista de Filosofía, Vol. 11, N°23.

Carolina Inés Araujo
(Tucumán, 1986). Profesora y licenciada en Filosofía por la UNT. Especialista en Educación y TIC. Máster en estudios avanzados en Filosofía por la Universidad de Salamanca (España). Doctora en Humanidades (Área Filosofía) por la UNT. Actualmente se desempeña como Profesora Adjunta de las materias “Taller de Integración II” y “Filosofía de la tecnología” (Optativa) del departamento de Filosofía y como jefe de trabajos prácticos de “Epistemología” del departamento de Ciencias de la comunicación de la UNT. Es investigadora del Instituto de Estudios Antropológicos. Ha publicado diversos artículos, entre los que se destacan “Teoría Crítica de la tecnología” en el Glosario de Filosofía de la Técnica, La Cebra, 2022 y el libro La apropiación colectiva del diseño tecnológico, Editorial Teseo, 2025, entre otros.

Imagen de tapa: Damián MIROLI, S/T. Instalación de cuadrícula centellante (variación de la cuadrícula de Hermann) en piso, paredes y techo (detalle). 2012


Damián Miroli
Artista tucumano, Licenciado en Artes y en Diseño Gráfico. Integrante de Dichosa Editorial, miembro de Dorkbot e integrante del Proyecto de Investigación CIUNT “Prácticas Artísticas y Culturas Digitales”. Entre 1999 hasta el presente ha realizado numerosas exposiciones de sus obras, en cuya producción destacan sus investigaciones con las nuevas tecnologías. En 2002 fue Becario de TRAMA. Programa internacional de cooperación y confrontación entre artistas. Es editor de la revista MUTA. Contacto: damianmiroli@hotmail.com